|
| <<
< |
1
2
|
| 0 Comments / Subscribe To Comments |
| Published: Dec.24.2006 @ 12:59 pm
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:50 pm |
Al maestro con cariño
Este año [2006] he cumplido 30 años dedicado a la docencia, por tratarse de un número
redondo quisiera hacer un balance de lo vivido, una reflexión en torno
a la educación, y compartir con ustedes algo de lo que ha significado
para mí esta profesión.
Los inicios
En el 76, trabajaba yo en el Ministerio de Comercio haciendo
estadísticas de las exportaciones no tradicionales. Ganaba poco, pero
era suficiente para cubrir las necesidades de un joven recién graduado,
casado y sin hijos. Era verano y acababa de ganar un concurso público
para ocupar un puesto como Ingeniero en el flamante Ministerio de
Alimentación; ahí el sueldo inicial iba a ser un 40 por ciento más
alto. Aún no había respondido, cuando Chicho Bonifaz, mi suegro, me
ofreció un puesto como profesor en la Universidad del Pacífico; ahí
ganaría, para empezar, algo más del doble.
¿Yo de profesor? No había contemplado tal posibilidad en el pasado,
pero la propuesta era interesante. Grande fue mi dilema, pues debía
optar por continuar con mi profesión o iniciarme en un campo que me era
casi completamente desconocido. Debía yo elegir entre hacer carrera en
el campo en el que me había formado o iniciarme en otro totalmente
nuevo y que poco tenía que ver con los planes profesionales que
conscientemente me había trazado. Al final decidí por la Universidad.
No solamente fue el sueldo el factor determinante en mi decisión, sino
que hubo otros, cuyo significado he tratado de esclarecerme durante los
años que vinieron. Entre ellos estaba la atracción que sobre mí ejercía
el claustro universitario con su aureola de institución dedicada al
cultivo y desarrollo del conocimiento humano; veía la universidad como
una especie de convento del saber. Por otro lado, significaba para mí,
de cierta manera, la prolongación de mis años de estudiante—años
felices y fructíferos en los que consolidé una disciplina de estudio y
una actitud reverente frente a todo lo que significara conocimiento,
años en que alimenté una devoción por los libros y las inquietudes del
intelecto.
Aceptar el puesto de profesor en la universidad significaba para mí
mantenerme en aquel mundo calmo de estudio, investigación, e
interacción con quienes compartían intereses similares a los míos.
Significaba, al mismo tiempo, continuar viviendo la efervescencia del
mundo de las ideas aplicadas a todas las esferas del quehacer social.
En esos días, pensé que sería una forma de mantenerme a la vanguardia
del pensamiento. Era como embarcarme en una aventura en la que
canalizaría todas mis inquietudes intelectuales. Presentí que sería una
forma de mantenerme siempre joven y alerta al acontecer social y
político. Esa fue mi intuición en aquella época, la cual he venido a
entender y confirmar luego con el paso del tiempo.
Mis primeras clases
Tenía 26 años cuando empecé a dictar cursos de matemáticas y
estadística; mis alumnos eran unos pocos años menores que yo, y adivino
que por eso me trataban siempre de tú, pero al mismo tiempo con mucho
respeto. Yo estaba en mi salsa; me sentía a la vez profesor y
estudiante universitario. Ahí aprendí a hablar en público, a organizar
mejor mis ideas antes de presentarlas, y a prestarle atención a la
dicción, cadencia y proyección de la voz. Descubrí también que se podía
ser maestro no solamente en el aula, sino también fuera de ella, que
había una labor de patio y, por qué no decirlo, de cafetería. En estos
lugares se daba gran parte de la tarea docente de transmitir valores,
ideas, y de relacionarse con los educandos.
En esos años reafirmé mi afición por las ciencias exactas y disfruté de
la belleza y perfección que ellas encierran. Encontré arte en la
ciencia, ¿quién me puede decir que la teoría de los límites para llegar
al concepto de derivada en cálculo infinitesimal no es un salto hacia
adelante en el desarrollo del pensamiento abstracto, o que las curvas
que representan las funciones trigonométricas tangente y secante no
encierran una estética incomparable? Y lo más digno de ser relevado se
halla en la relación entre la forma matemática y su representación
gráfica—uno de los grandes aportes de la geometría analítica—aquí
radica, a mi entender, uno de los mayores goces estéticos que nos puede
brindar la matemática. Veo aquí claramente la relación entre la
matemática y las artes visuales. Las obras de arte, a mi entender, son
formas visuales de la exactitud y belleza que encierran los números y
las relaciones entre ellos; diríamos que el arte no es más que la
matemática hecha composición, línea y color. De la misma manera como la
música es la matemática hecha ritmo, melodía y armonía.
Lo primero que aprendí
Lo primero que aprendí fue que cuando uno enseña es cuando uno más
aprende, pues antes de plantarse frente a 30 personas y hablar durante
dos horas seguidas, es necesario tener bien claro el tema que se va a
tratar—uno debe prepararse. Al preparar una clase ocurre el fenómeno
del real aprendizaje, en ese momento de estudio en el que uno está solo
frente al tema, es cuando lo desmenuzamos a profundidad para entenderlo
y así poder transmitir tanto las ideas centrales como las que giran en
torno a él. Es ahí cuando uno escudriña las fuentes y contrasta
distintas versiones y opiniones sobre el asunto. Es cuando uno hurga
hasta los últimos estratos, se aclara a sí mismo y se responde todas
las preguntas que podrían surgir. Es ahí cuando un maestro debe saber
establecer los cuestionamientos finales que el referido estudio
plantea. Un buen maestro—así como un aprendiz—debe culminar su estudio
formulando las preguntas más relevantes que el estudio del tema logre
suscitar, aunque éstas carezcan aún de respuesta en ese momento. Dichas
preguntas constuirán una muestra del real entendimiento logrado y
suscitarán inquietud en otros, añadiendo de esta manera un peldaño más
a la escalera del saber que otros se encargarán de escalar más adelante.
La educación
La educación ha cambiado mucho desde que me inicié en este campo. Antes
tenía que ver más con la difusión de conocimiento; en la
actualidad--como la información está disponible al alcance de un
click--la transmisión en sí ha pasado a un segundo plano. La actual
educación tiene que ver más con el discernimiento de la autenticidad,
veracidad, calidad, y aplicación de la información adquirida.
Ahora yo enfatizo más en la enseñanza de estrategias de aprendizaje, en
hacer conciente el proceso de aprendizaje, y en compartir con los demás
lo que ocurre en nuestra mente cuando aprendemos. La tarea docente
ahora consiste más en promover y desarrollar el pensamiento crítico así
como en inculcar una aproximación holística hacia todo objeto de
estudio. Creo que éstas son las cuestiones centrales en la educación
hoy en día. Y de hecho, creo que es más divertido hacer esto en
nuestras clases que dar una conferencia magistral como antes se solía
hacer.
Otra de las cosas que he aprendido en esta profesión es que el maestro
llega cuando el alumno está listo. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente
que solamente podemos enseñar una disciplina-- cualquiera que ésta
sea—si el alumno tiene la voluntad de aprender; de lo contrario, ni el
más laureado maestro puede lograr que su pupilo aprenda. Si el
discípulo carece de ese deseo , no hay maestro que valga. He visto
casos en que la voluntad ha hecho milagros. Por ejemplo, en el Taller
de Cristina Gálvez— notable escultora y maestra peruana—fui testigo de
cómo alumnos con ínfimas habilidades para el trazo artístico, pero con
un infinito interés por convertirse en artistas, lograban a prender a
dibujar la figura humana; esto gracias a la metodología y conducción de
la maestra. En otra época pude ver también cómo estudiantes de música
no muy dotados para el canto, pero con ardientes deseos de cantar, eran
capaces de cantar bien frente al público; esto en las clases de canto
de Mark Whitmire en el Northern Virginia Community College.
¿Qué es enseñar?
¿Pero qué es enseñar?, ¿es posible enseñar algo? Quisiera intentar
responder estas preguntas recurriendo al concepto de educación. El
término educación viene del latín educe, que quiere decir sacar algo
que está dentro, sacar hacia afuera algo que está latente. Este
concepto ancestral encerrado en esta palabra latina tiene una
implicancia enorme: el conocimiento lo tenemos dentro de nosotros y es
durante el proceso de aprendizaje, que el conocimiento es extraído y
expuesto a la luz. En dicho proceso concurren varios elementos: el
aprendiz, el conocimiento u objeto a ser aprendido, la información, las
condiciones físico-ambientales y emocionales, y el maestro. Aquí el
maestro es tan sólo un elemento más, un facilitador del proceso. Las
ideas de conducir, guiar y evocar son también apropiadas para definir
nuestro concepto de educación. El maestro conduce al discípulo y evoca
aquello que yace oculto o adormecido dentro de él. Esto se aplica en
todo tipo de materias, aun el lenguaje; el cual pensamos
automáticamente que tiene que ser enseñado desde fuera, introyectado.
Respecto a esto, Chomsky dice que el lenguaje no es exclusivamente un
aprendizaje cultural, sino que reside de cierta manera en la mente
humana; en otras palabras, el ser humano posee una intuición natural
para el lenguaje. El lenguaje es una habilidad común e inherente a la
especie humana que subyace de manera potencial en todos nosotros y por
lo tanto es suceptible de ser extraída de donde reside. Como el
conocimiento habita dentro de nosotros, ante una experiencia cognitiva
personal—descubrimiento, intuición, aprendizaje—es que exclamamos
asombrados como Arquímedes: ¡Eureka!
Entiendo por situación de aprendizaje aquella en la que concurren
las condiciones para que el aprendizaje se dé, aquella en la que el
aprendiz está dispuesto y es confrontado con la información, como
el caballo cuando está listo en el partidor. Dada esa situación, lo que
hacemos los maestros no es realmente enseñar sino impulsar, alentar y
guiar al discípulo a sacar a la luz el conocimiento. Ayudamos a hacer
consciente lo yacía en el subconsciente.
Enseñar suena a inyectar conocimiento, eso no es posible. Hay una
connotación en el término “enseñar” que quisiera dejar de lado: la idea
que el conocimiento es exterior, que se encuentra fuera de uno y que
por acción de un maestro o de algún agente externo llega hasta
nosotros. Entiendo el enseñar como revelar; en este sentido, los
maestros revelamos o hacemos latente lo que está oculto, esa es
nuestra tarea como docentes. Enseñamos a que el aprendiz reconozca el
conocimiento que afloró desde dentro de él. La enseñanza radica en
hacerle caer en cuenta al educando que él mismo extrajo el conocimiento
desde su interior, que era donde se encontraba encerrado. Parafraseando
a Kahlil Gibran diríamos: enseñar no consiste en hacer entrar al
discípulo a la casa del conocimiento sino en guiarlo hasta el umbral de
su propio espíritu.
La gente
Dije que al escoger el puesto de profesor, elegí mantenerme joven de
espíritu, pues es entre los estudiantes donde las ideas más frescas,
poderosas, irreverentes y contestatarias están siempre en
efervescencia, y es entre ellos que, por un efecto de sinergia, surgen
y se alimentan las ideas que hacen avanzar hacia adelante a una
sociedad. Es ahí donde muchas veces nacen los movimientos sociales y
políticos que hacen historia, es entre ellos donde se generan los
cambios. Si elegí la educación fue para mantenerme cerca de las fuentes
que alimentaron mi pensamiento y espíritu durante mis años de
estudiante.
Haberme dedicado a la educación me ha permitido estar en contacto con
la gente, interactuar con ella en base a un genuino interés común por
conocer la verdad, por llevar hasta sus límites las posibilidades del
intelecto—cualquiera que sea el curso que uno esté desarrollando.
Conocí gente maravillosa en las aulas, en los patios y en las salas de
asambleas y reuniones. No voy a empezar a mencionar nombres pues la
lista sería interminable y siempre dejaría de nombrar involuntariamente
a alguien. En los claustros he tenido la suerte de conocer gente
interesantísima, desde humildes trabajadores que limpian los baños
hasta encumbrados líderes de los sectores público y privado. Conocí a
alumnos brillantes, académicos notables, empleados leales, obreros
admirables, y unos pocos ejecutivos y empresarios decentes y honestos.
Algunos de ellos llegaron a ser entrañables amigos. Todos me enseñaron
más de lo que pude yo enseñarles.
A los que más he admirado y apreciado han sido los estudiantes y
maestros que en base al conocimiento adquirido y al ejercicio ilimitado
del pensamiento libre, se han sentido llamados a dar su aporte a la
sociedad y al género humano. Aquellos que al hervir de inquietud,
interés y curiosidad por aprehender el mundo que los rodea han
aplicado—a su manera—su conocimiento para hacer un poco mejor el mundo
en que vivimos.
Una rama de la sicología
En el 88 me mudé a Washington, y tenía que hacer algún trabajo, claro.
Yo era en esos días un inmigrante que recién se estaba adaptando a los
múltiples cambios que se experimentan al exiliarse voluntariamente en
otra sociedad y cultura. En mi búsqueda de trabajo, entre otros,
postulé a un puesto como traductor, pero me respondieron que no tenían
uno disponible, pero lo que sí me podían ofrecer era uno como profesor
de español. Yo había enseñado una gran variedad de cursos en el Perú,
pero nada relacionado con el lenguaje en sí, entonces tuve que
consultarlo con mi esposa, mi madre y la almohada. Luego de largo
cavilar y de escuchar los consejos de mis seres queridos, acepté.
Inicialmente pensé que iba a ser algo transitorio, pero finalmente ese
fue el inicio de la continuación de mi carrera de educador, sólo que
esta vez me tocaría enseña a gente de otras cultura, idioma y latitud.
Cambiar de país de residencia y de cultura es un vivencia brutal. Para
compensar esa desgarrante experiencia solía pensar que solamente había
cambiado de barrio y de curso a dictar. De las ciencias exactas, la
administración, y las artes, pasé a enseñar nuestro idioma. Nunca pensé
terminar enseñando nuestra lengua materna como segundo idioma.
Pero con el transcurrir del tiempo, he llegado a encontrar una
fuente de enorme satisfacción en el hecho de enseñar nuestro lenguaje y
nuestra cultura a gente de otras procedencias; me siento una especie de
embajador de nuestra cultura.
El lenguaje es una de las habilidades más intrínsecas que poseemos y a
la vez una de las primeras que adquirimos y desarrollamos en la
vida–forma parte de nuestras fibras más internas. Al enseñar un idioma
al mismo tiempo enseñamos nuestra cultura, nuestra idiosincrasia, ¿no
es acaso el lenguaje expresión de una cultura y de su forma de entender
y moverse en el mundo?
Desde entonces hasta la actualidad me he desempeñado como profesor de
lenguaje y cultura, y ha sido en este campo en el que llegué a la
conclusión que la pedagogía es una rama más de la sicología. Menciono
esto porque, para pasar 5 horas diarias con una persona o grupo de
personas durante varios meses, es necesario--además de un plan
pedagógico--una actitud que permita el establecimiento de un ambiente
físico y un clima emocional en el que tanto los educandos como el
educador puedan expresar sus pensamientos y sentimientos de una manera
asertiva, madura, sana, y libre. En otras palabras es imprescindible un
espacio emocional en el que el educando pueda ser él mismo, y la
creación de este entorno propicio es una de las tareas básicas del
profesor. Este clima emocional es una condición esencial para que
el aprendizaje pueda ser alcanzado.
Otra premisa fundamental es que el maestro debe tener sumamente clara
su misión. En estos años de actividad docente he llegado a la
conclusión que mi misión en un aula es servir como un recurso más en el
proceso de aprendizaje, ser un motivador externo adicional para que el
estudiante continúe su propio camino en el develamiento del
conocimiento. Mi misión también consiste en actuar como un catalizador
que permita que la química del aprendizaje ocurra. Soy el encargado de
mostrarle al aprendiz las distintas estrategias de las que puede
valerse para encontrar lo que busca y de señalarle los vericuetos que
recorre la mente cada vez que aprendemos algo. Es para mí
primordial hacerle tomar conciencia de lo que ocurre dentro de
nosotros cuando entendemos o aprendemos algo a cabalidad. Es importante
que el maestro le ayude al aprendiz a reconocerse como exitoso a fin de
que éste sea capaz de extrapolar el proceso y aplicarlo a situaciones
futuras. En este sentido, el maestro es un motivador que aplaude los
logros alcanzados por sus discípulos y les señala las áreas en las que
necesitan trabajar más a fin de lograr los resultados esperados. El
maestro es el guía que alienta en su camino al que busca con
determinación.
Balance
Cuando seguí el camino de las aulas y me puse detrás del pupitre del
profesor no tenía clara la implicancia de la decisión que tomaba,
solamente tenía una intuición de que ese podría ser mi camino, pero con
el paso de los años me he dado cuenta que involucrarme en la educación
ha sido parte del proceso de hallarme a mí mismo y descubrir una de mis
misiones en la vida.
Puedo decir ahora, haciendo un balance, que todo este tiempo ha sido
altamente fructífero y gratificante, y me ha mostrado quién soy yo en
realidad. La docencia ha sido para mí una forma de aprender y de estar
vinculado al conocimiento, una forma de satisfacer mi curiosidad por
entender el mundo y experimentar la vida. Ha sido una forma de estar
atento y despierto a cuanto ocurre a mi alrededor y dentro de mí. He
usado distintos medios en el trayecto, a veces me he valido de las
ciencias exactas, otras de las ciencias sociales, y cuando no, del
arte, la cultura y el lenguaje. Estar inmerso en la educación ha sido
una forma de mantenerme en contacto con la juventud y pensar y sentir
como ella, ha sido una forma de relacionarme con gente ávida de
aprender y perfeccionar ciertas habilidades, y de estar cerca de gente
motivada por entender el acontecer social y existencial. Ha sido
también una manera de mantenerme cerca de los libros, investigar y
escribir. Enseñar, para mí, ha sido una aventura de crecimiento
personal, una aventura intelectual, una forma y un estilo de vida.
Gracias Chicho.
Diciembre de 2006 |
|
| 0 Comments / Subscribe To Comments |
| Published: Nov.23.2006 @ 11:20 am
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:51 pm |
Mi primera Mac
¿Cómo fue que un rebelde y enemigo de las máquinas—que supuestamente deshumanizaban— pudo convertirse en un usuario fiel y amante de la tecnología que define nuestra época?, ¿cómo me inicié en el mundo de la computación?, ¿cuál es el papel de la tecnología en el desarrollo de la humanidad y cuáles los peligros que nuestra sociedad enfrenta por el abuso de la computación? Las respuestas a éstas preguntas así como algunas reflexiones en torno a estos temas encontrará el amable lector en este artículo.
El señuelo de Paul
Corría el año 88, en esa época, yo dibujaba, pintaba y escribía poesía con mucha constancia. Era además un enemigo declarado de la maquinización del hombre. Pensaba, y sentía, que desde las contestadoras de teléfono hasta los automóviles, las máquinas nos hacían más perezosos y burgueses. Se puede deducir, como consecuencia de lo dicho, que mi relación con las computadoras era nula.
Un buen día, entrado el otoño, mi amigo Paul Cough me hizo una proposición: “Te puedo prestar una computadora para que tus hijos jueguen y aprendan computación; en las escuelas los niños las usan desde pequeños”. Mis hijos tenían en esa época 10 y 8 años. Pensando en ellos acepté, mientras me decía a mí mismo: Es algo bueno para ellos, les va a ser útil. Al día siguiente había una Macintosh en el área que usábamos como estudio en nuestro departamento en Vienna, en la periferia de la ciudad de Washington.
La instalamos, e inmediatamente Melisa y Pablo empezaron a maniobrar con ella como si toda su vida la hubieran usado. Hacían y deshacían a su antojo. Yo pasaba por ahí, y haciéndome el desentendido, los miraba de reojo, desconfiado por el posible y ulterior daño que tal aparato podría causar en el desarrollo de mis hijos. Entre las primeras cosas que los vi hacer, aparte de jugar Brick y Snake, fue dibujar y pintar. Eso fue una revelación para mí: con el maléfico artefacto se podía dibujar, pintar, e imprimir el resultado. Dios mío, me sentí quebrado, todas mis defensas estaban vencidas, yo que despotricaba contra la mecanización del ser humano, contra la deshumanización creciente a que nos arrastraban las máquinas, estaba cayendo en las redes de la seducción de esta intrusa que había llegado a casa.
No pude más de la curiosidad y les pedí que me mostraran cómo operaba. Así lo hicieron, entonces me di cuenta que además de lo que podía obtener con ella—y contrariamente a la idea preconcebida de que operarla debía ser algo muy complicado o reservado para mentes privilegiadas y especialistas—su operación era asombrosamente simple. Deslumbrado, e imaginando los múltiples usos que le podría dar, me senté frente al diabólico aparato, y a los pocos minutos, yo ya era presa de sus sortilegios y hechizos; cual boa que engulle a su presa, la Mac me había devorado totalmente. Debido a la versatilidad y sencillez en el manejo de programas gráficos como MacPaint y MacDraw, en pocos minutos yo ya estaba produciendo mis primeros dibujos y pinturas. Fue un enamoramiento repentino e intenso, como el que siente una pareja destinada a hacer realidad su pasión mutua.
El hombre de las cavernas
A usted que lee estas líneas, podrá parecerle algo nimio el enterarse cómo un individuo hace sus pininos en el mundo de la computación, mas para mí fue algo muy importante, porque significó una ruptura con patrones ideológicos y de conducta en los que había creído y practicado durante años, fue un cambio en mi vida.
Para que se forme el lector una idea más clara de lo que significó para mí adherirme al símbolo más definitorio de nuestra cultura post-industrial y contradecir lo que anteriormente había preconizado, le daré algunos ejemplos de mis costumbres previas a la era digital. Durante mis primeros años de vida independiente y estando ya casado—allá por la segunda mitad de los años 70—me negué a tener muebles de sala y comedor convencionales, solamente había cojines y alfombras sobre el piso y unos cuantos cuadros decoraban mi casa. Durante una buena temporada mi mujer y yo vivimos casi sin electricidad, nos alumbrábamos con velas. A pesar de contar con un trabajo y sueldo decorosos en una prestigiosa universidad limeña, me abstuve de comprar y conducir un automóvil por varios años; me movilizaba únicamente en transporte público. Mi negativa a la televisión fue rotunda y prolongada, hasta que finalmente cedí ante la presión familiar; pero opté por un modelo carente de control remoto, para combatir así el marasmo de ni siquiera tener que levantarse del sillón para cambiar de canal. Estos y otros ejemplos, que no voy a continuar enumerando para no extender demasiado este discurso, pueden darle una idea de mi rechazo a adoptar diversas tecnologías de nuestra época y entender la magnitud de mi transformación.
Detrás de bambalinas
Sabía que las computadoras eran necesarias, pero las veía aún lejanas en mi vida, las evitaba al máximo, y mantenía la esperanza de que su adopción generalizada en el mundo del trabajo y en la vida diaria de la gente se pospusiera. Recuerdo que, a mediados de los 80, desarrollé un complejo plan de almacenamiento de arroz a nivel nacional en el Perú, el cual implicaba manejar muchas variables, crear modelos matemáticos, hacer predicciones, formular políticas relacionadas al tema, y proponer soluciones concretas al problema. Parte del proyecto consistía en desarrollar los modelos y en base a estos hacer infinidad de cálculos para llegar a buen puerto, y para ello era imprescindible el uso de una computadora. En esa época, éstas estaban confinadas a una sección en cada empresa, y eran los especialistas quienes las operaban y tenían control absoluto sobre ellas. El aspecto computacional del proyecto lo desarrolló mi amigo Álvaro Díaz, extraordinario profesional y mejor amigo. Yo hacía el resto del trabajo y sabía que la terrible máquina estaba ahí detrás de bambalinas, percibía su presencia de una manera indirecta, me sentía aliviado.
Mi primera Mac
Volviendo a la historia que nos ocupa, la computadora que Paul introdujo en mi vida, aunque solamente la tuve prestada por una temporada, la he bautizado como mi primera Mac. Tenía, como las de ese entonces, 4 MB de memoria RAM, y un disco duro de 40 MB. Configuración que en nuestros días nos puede parecer ridícula e insuficiente, y si el artefacto lo comparáramos con uno actual, diríamos que se trataba simplemente de un artilugio; sin embargo, para los estándares y necesidades del momento era suficiente.

Mi primera Mac
Además de los programas mencionados líneas arriba, aprendí el uso del sistema operativo y de MacWrite, un procesador de textos que venía instalado en todas las computadoras producidas por Apple. Mi aprendizaje fue autodidacta, me valí de la experimentación y de la lectura ávida de los manuales. El hallazgo de los procesadores de textos fue otra revelación importante para mí. Todo aquel que produce documentos escritos me puede dar la razón y saludar el advenimiento de este tipo de aplicaciones—las cuales realmente establecen una diferencia notable entre lo que se puede lograr con una computadora y con una máquina de escribir en materia de textos. Para quien escribe poesía en particular, un procesador de textos es doblemente efectivo. Descubrí que con el procesador de textos podía permutar la posición de los versos, sustituir palabras o líneas enteras, cambiarlas de posición, almacenar texto en un área para posteriormente usarlo en otros versos, encontrar palabras repetidas, corregir ortografía, seleccionar y modificar el tipo y tamaño de letra, diseñar la apariencia de la página, todo esto y mucho más con una pasmosa facilidad, limpieza, y rapidez. Ésta es la herramienta que me permitirá producir más poemas y finalmente publicar mi libro, pensé. Y así lo hice; con mi primera Mac, y MacWrite, produje y publiqué mi primer libro de poemas, La danza efímera en 1989. Esta tarea hubiera sido mucho más complicada, costosa, y habría requerido la participación de varias personas algunos pocos años atrás.
¿Trabajamos menos?
Desde entonces, el uso de una computadora, tanto en mi vida personal como profesional se ha vuelto cosa de todos los días, y esto pasa con muchos de nosotros. Por otro lado, a nivel de la sociedad, la tecnología digital se ha hecho más y más asequible a todo tipo de presupuesto, por lo menos en los países desarrollados, y son cada vez más los que cuentan con este aparato tanto en casa como en el trabajo. Su uso se ha difundido y generalizado en todo el mundo y esa tendencia continua creciendo. Estamos tan habituados a ella, que a veces con un tono de pretendida superioridad nos preguntamos: “¿Cómo se trabajaba antes sin computadoras?” Creo que hay un uso pero también un abuso de ellas. Es cierto que la productividad se ha incrementado como consecuencia de su uso, pero tengo la sensación—sino la certeza—de que en la actualidad trabajamos más de lo necesario y hemos caído en otro tipo de alienación y dependencia. En cierta forma se han hecho realidad algunos de mis temores del pasado. ¿Qué es lo que ha sucedido? A fin de aclararnos esto último, permítanme hacer una breve digresión previa.
Recuerdo que en los 60 y 70, antes de la generalización del uso de la computadora personal, se solía hablar de la era de la automatización que estaba por venir. Se decía que con la difusión de las computadoras, el ser humano necesitaría trabajar menos, y por consiguiente tendría más tiempo libre para el ocio creativo, para entregárselo a la comunidad en forma de servicios, o para dedicarse a las altas tareas del espíritu. Ahora que han pasado cerca de 4 décadas desde que se empezaron a preconizar aquellos anhelos sobre lo que la era digital nos traería en el futuro cercano, es momento de hacer un balance y preguntarnos: ¿trabaja el hombre ahora menos que antes?, ¿tiene más tiempo libre para dedicarlo a la familia, a la comunidad, o para desarrollar otros quehaceres de crecimiento personal?, ¿es el hombre más libre? La respuesta es un rotundo no. Por el contrario, trabajamos más. En nombre de un aumento de productividad, de una supuesta modernidad y de un “mantenerse ocupado”, la enajenación, la mezquindad y la avaricia humanas han hecho que la realidad sea diferente. Ahora trabajamos más horas, tenemos menos tiempo libre para el ocio creativo, le dedicamos menos tiempo a nuestras familias y escasamente nos quedan energías y tiempo para brindar algún servicio a la comunidad; estamos más ocupados, es cierto, pero en realidad más alienados. ¿Qué ha ocurrido, no se suponía que la automatización serviría para liberarnos, aunque sea parcialmente, de la servidumbre del trabajo y para que podamos entregarnos a las nobles ocupaciones del espíritu a las que estamos llamados?
Las respuestas que aquí esbozo pasan por la esfera de lo personal, no pretendo dar una solución que venga desde fuera y se aplique a la sociedad en su conjunto, apuesto simplemente por un tipo de respuesta individual; una respuesta que linde con el desarrollo de una conciencia crítica. Pienso que la culpa de este tipo de alienación no es de la tecnología, sino del entorno social económico y político en el cual estamos inmersos y que nos obnubila y hace perder la perspectiva. Este entorno ejerce múltiples y sutiles formas de influencia sobre nosotros y hace que trastoquemos lo que realmente es importante por lo accesorio. Sin embargo, y a final de cuentas, la responsabilidad es nuestra; el problema no es la tecnología en sí misma—sea ésta un televisor o un ábaco—sino cómo respondemos nosotros individualmente ante ella. Parte de la solución radica en discernir qué valores son los que van a prevalecer en nosotros, cuánto tiempo y energía vamos a dedicarle a lo que consideramos trascendente en nuestras vidas, o si vamos entregárselos a un entorno social que demanda de nosotros mayores dosis de productividad y consumo. En otras palabras, podemos trabajar lo justo y necesario haciendo uso de esta notable herramienta, pero sin dejar que sea ella la que determine nuestra asignación de tiempo. Seamos nosotros los que decidamos cómo emplearlo. Muchas veces creemos que estar atareados, tener la agenda repleta e ir rápido de un lado a otro, es mejor que tener tiempo libre y regresar pausados hacia nuestro hogar. Discernamos cuáles son los valores que rigen nuestra vida. Usemos la tecnología en nuestro beneficio, no en dis-traernos de lo importante, no en sobrecargarnos de trabajo para evitar o posponer enfrentar lo trascendente en nuestras vidas.
La MacWidow y otros peligros
Traía a colación estas reflexiones porque hay peligros en cuanto al abuso que hacemos de la nueva tecnología, no solamente en el trabajo sino también en la esfera de lo personal. Recuerdo cierto aviso publicitario de Apple, de hace mucho tiempo atrás, muy graciosamente ilustrado, que podría ser leído desde diferentes ángulos. En él se veía una pareja en su dormitorio, la mujer durmiendo y el marido en pijama sentado frente a su juguete favorito, trabajando en la penumbra de la noche, iluminado solamente por la tenue luz blanca del ordenador. En el titular del anuncio se leía algo así como esto: “La Mac es tan buena, que ahora María es otra MacWidow”.
Este ejemplo nos dice del enorme poder de seducción que la computadora ejerce, pero al mismo tiempo nos indica que las relaciones humanas pueden pasar a un segundo plano con suma facilidad. El abuso de la computación, la tendencia al aislamiento y la proliferación alarmante de distintas adicciones—todo esto en desmedro de las relaciones interpersonales—son unos de los graves problemas que nuestra sociedad enfrenta hoy en día. No ahondaremos nuestra plática en esta situación para evitar irme por las ramas más de lo que ya me he dejado ir. Yo soy de los que sigue creyendo que la computadora es, a final de cuentas, una herramienta más que nos sirve para simplificar nuestras vidas, nos ayuda a lograr nuestros objetivos, a trabajar y alcanzar resultados de una manera más independiente y eficiente. Es muy atractiva, pero debemos darle su lugar y tener presente que lo central es la vida misma, las relaciones humanas, y lo trascendente. Por más que los colores en su pantalla nos atraigan, no debemos perder de vista qué es lo prioritario.
Lugar de la tecnología
Con la finalidad de mantener la cordura en el discernimiento de qué es lo importante y no sobredimensionar el papel de los ordenadores como el mayor logro alcanzado por la humanidad, es necesario tener presente que la tecnología no es una cosa nueva y que cierto tipo de ella no es necesariamente más importante que o superior a otro. Todos los logros tecnológicos están relacionados en una cadena consistente que forma parte de la historia de la humanidad. En años recientes, cuando se menciona la palabra tecnología se piensa en computadoras, teléfonos celulares, transmisores de señales satelitales, pero hagamos un esfuerzo y reconozcamos que tecnología es también un pedazo de piedra afilada para cortar, el uso de materiales y procedimientos para producir fuego, la flecha para cazar, un lápiz y una hoja de papel, el jabón, amén de otros utensilios. ¿Es la computadora acaso más importante que la aplicación generalizada del agua potable corriente y los desagües?—estas últimas han significado una mejoría drástica en la forma de vida de la humanidad y de la salud pública. El tipo de tecnología que hoy nos ocupa es sólo un eslabón más en la historia del hombre por adaptarse mejor a su medio y hacer sus tareas más fáciles a fin de convertirse en un ser más libre y feliz.

Técnica del frotamiento para producir fuego
Es cierto que como especie estamos indisolublemente ligados al uso de utensilios desde el comienzo de los tiempos. Éste uso puede ser entendido entonces como el resultado del esfuerzo humano por lograr medios que lo liberen—en cierta medida—de tareas ingratas para que pueda dedicar su energía a las elevadas tareas del espíritu y proseguir así por el camino de su evolución ontológica. La búsqueda de estas herramientas ha sido una respuesta humana para aliviarnos de aquel designio divino de “comerás el pan con el sudor de tu frente”; para hacernos más llevadera la carga. Estamos profundamente ligados a los artefactos: la rueda, el espejo, el motor de combustión, el martillo y el clavo; todos ellos constituyen tecnología. El espíritu las reclama.
Bajo el pretexto de la modernidad tecnológica, ahora el hombre se ha vuelto más adicto al trabajo, a la pornografía por Internet, y obsesivamente dependiente de los mensajes electrónicos, pero—a mi entender—el problema no radica necesariamente en el medio, sino en cómo respondemos ante él, en cómo y para qué lo usamos. El problema no proviene exclusivamente de la herramienta y el emisor, sino en la forma cómo nosotros como individuos libres y usuarios responsables recibimos y procesamos los contenidos. Los dispositivos técnicos, cualquiera que sea su tipo, deben estar al servicio del hombre y no éste al servicio de ellos. La tecnología es un medio que puede servir para liberarnos de la tareas pesadas del trabajo, mas no para esclavizarnos o hacernos presas de adicciones.
Lo que hago ahora
Volvamos ahora al plano de lo concreto y lo personal, y permítanme contarles qué es lo que hago actualmente con mi juguete digital. Como pueden verlo, sigo escribiendo. Además de esto, me valgo del Internet para enterarme cómo va el mundo y para hacer un poco de investigación—especialmente cuando escribo o tengo que preparar algún documento importante. Uso el correo para electrónico para comunicarme con mi familia y amigos, muchos de los cuales están dispersos en distintas latitudes.

Pro Tools, ventana de edición
Por otro lado, con mi nueva Mac, ya no la primera, hago música. Ella se
ha convertido en una herramienta clave para la grabación, edición y
mezcla de mi segundo disco compacto—proyecto en el cual estoy inmerso
desde hace varios meses. A propósito, mi primer disco fue producido
enteramente usando una Mac y el programa Pro Tools. Producir un disco
autónomamente es un logro que difícilmente podría haber alcanzado sin
el uso de la tecnología digital, y para mí ha representado la
concreción de un sueño largamente acariciado; por eso no puedo dejar de
celebrar el ingenio y la inteligencia humanos que han desarrollado las
herramientas necesarias para podamos alcanzar nuestros objetivos de una
manera más independiente y simple.
Recuento
Haciendo un recuento de la historia de este idilio entre la computación
y yo, tendré que concluir que aceptar la oferta de Paul y recibir una
Mac en mi caverna de la era pre-digital fue un acierto. No solamente
les sirvió a mis hijos, para quienes inicialmente estaba destinada,
sino a este descendiente del hombre de Cro-Magnon. El uso de este
versátil instrumento me ha permitido mantenerme en la cresta de la ola
de nuestro tiempo, adquirir independencia para llevar a cabo diversos
proyectos personales, expandir mis habilidades creativas para expresar
mejor mi ser, y comunicarme con mis semejantes de una manera más
eficiente. Gracias a Paul puedo decir que, si me fuera dado a elegir un
par de instrumentos para seguir viviendo en este mundo, sin duda alguna
elegiría una guitarra y una Mac; o emulando a Arquímedes
enunciaría: Dadme una computadora y moveré el universo.
|
|
| 1 Comments / Subscribe To Comments |
| Published: Oct.28.2006 @ 7:45 pm
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:51 pm |
Lejos del mundanal ruido
Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido
—Fray Luís de León (1527-1591)
Cada año me pregunto qué debo hacer durante mis vacaciones, ¿trabajar en mi proyecto musical, al cual usualmente le dedico sólo mi tiempo libre? ¿pasarlas en la ciudad o salir fuera de Washington y respirar aires nuevos?, ¿ir a vagar por los centros de atracción turísticos y confundirme entre las masas de turistas que en pantalón corto, zapatillas y gorros de béisbol toman fotografías y beben agua embotellada? También me dije, ¿por qué no hago como el común de los mortales y en vez de andar buscándole sentido a todo, me inscribo en una excursión convencional con hotel estrellado, desayuno continental, y paseo en ómnibus de un lado a otro con bajadas intermitentes para comer un perro caliente o comprar una tarjeta postal? Me hacía todas estas preguntas una y otra vez hasta que la respuesta llegó, en realidad no se hizo esperar mucho. La solución fue doble, haría dos cosas, primero, quedarme y pasar parte de mis vacaciones dedicado a grabar, editar y mezclar mis canciones y segundo, salir, irme lejos, y, tal como lo he venido haciendo en los últimos tres años, hacer un retiro espiritual, pero esta vez en un lugar muy especial: el monasterio de los trapenses en Kentucky. Pienso que la decisión fue buena, pues por un lado hice lo que me apasiona, que es la música, y por otro, viajé, me desconecté completamente del medio en que vivo y realizo mi trabajo diario. En esta nota les contaré sobre la segunda parte de mis vacaciones: el retiro.
Sueños
Así como algunos sueñan con ir a Las Vegas a jugar en los casinos,
otros ahorran unos cuantos cobres para recorrer los bulevares de París.
Los hay también quienes ansían tenderse en las playas del Caribe y
otros que fantasean con visitar la India o Tailandia durante sus
vacaciones. Yo, por mi lado, anhelaba conocer algún día la Abadía de
Getsemaní, el monasterio trapense de Kentucky, no sé exactamente por
qué, pero adivino que era debido a la atracción que siempre he sentido
por la idea de una vida contemplativa.
Desde hacía mucho tiempo atrás, había escuchado hablar de los trapenses
y del rigor con que asumen su vocación religiosa. Rigor que se
manifiesta en la vida ascética y de aislamiento que llevan en sus
monasterios alrededor del mundo. Por otro lado, saber que se dedicaban
a una estricta vida contemplativa, en medio de un mundo que se
caracteriza por la acción, velocidad y distracción, había ejercido una
fascinación especial en mi imaginación. Yo solía contrastar la vorágine
y convulsión con la que se mueve nuestro mundo moderno con la
simplicidad y tranquilidad en que suponía transcurrían sus vidas. Me
imaginaba monjes sentados en posición de flor de loto meditando todo el
santo día, otros caminando por los pasillos rezando el rosario.
Imaginación aparte, no sabía que existía la posibilidad hacer un retiro
ahí. Conocer ese lugar me parecía un sueño lejano e inalcanzable. Al
acercarse mi período vacacional, empecé a investigar en el Internet un
lugar dónde ir este año a limpiar mi mente, cuerpo y espíritu. Encontré
muchos, es impresionante verificar la cantidad de centros de retiro
espiritual que existen en Estados Unidos y, en general, en el mundo.
Entre ellos hallé por fin uno que me pareció ideal, era el sitio de los
trapenses que, para mi sorpresa y regocijo, ofrecía retiros.
Inmediatamente llamé por teléfono e hice una reservación para quedarme
una semana.
Vista campestre en la Abadía de Getsemaní, Trappist, Kentucky
La llegada
Volé de Washington a Louisville, vía Chicago. Grande tuvo que ser mi
interés y determinación para soportar las largas y lentas colas, así
como las paranoicas medidas de seguridad en los aeropuertos. Lo que más
me molesta es tener que sacarme los zapatos y la correa. Los zapatos
porque temo haberme puesto una media con hueco o ambas de distintos
colores y que me acusen de enviar señales sospechosas por la disparidad
de los colores. La correa, por temor a que se me caiga el pantalón y me
lleven preso por atentar contra la moral y las buenas costumbres.
Felizmente, al quitarme los zapatos y la correa descubrí que las medias
estaban enteras y eran del mismo color y, el pantalón—aleluya— no se me
cayó. En el aeropuerto me esperaba el hermano Simeon para llevarme al
monasterio. Con él estaba Sue, una señora que venía de Chicago para el
retiro. Como era mediodía y debíamos esperar a un tercer pasajero que
llegaba a la 1:30, el hermano nos llevó a almorzar al Diner Corral.
Después de almuerzo volvimos al aeropuerto para recoger a Ron que
llegaba de Minneapolis; pero él—según nos contó después—no era un
huésped como nosotros, sino alguien que llegaba impelido por el llamado
de Dios para integrarse permanentemente a la vida monástica.
El monasterio
La Abadía de Getsemaní está a unas 50 millas al sureste de Louisville,
en medio de colinas verdes llenas de pinos, fresnos y nogales. El
pueblo más cercano, New Haven, se encuentra a 5 millas, y el paisaje
circundante no difiere mucho del que se puede encontrar en las zonas
rurales del este norteamericano. El edificio de color blanco contrasta
con el verdor del área circundante y con el azul del cielo despejado.
El silencio de la naturaleza circundante parece concordar con el que se
practica en el interior del monasterio.
Los trapenses llegaron desde Francia al corazón de Kentucky en 1848.
Desde entonces las instalaciones que ocupan han experimentado muchos
cambios, ampliaciones y renovaciones. El monasterio lo definen como una
escuela del servicio del Señor y un campo de capacitación en el amor.
Hospitalidad
El recibimiento fue muy cordial, ese día estaba el hermano Rene en el
mostrador. Hay un lema de San Benito, que se puede leer en una placa a
la entrada de la Casa de Retiro, este refleja una de las reglas del
monasterio, según la cual, cada huésped representa a Cristo y, como
tal, es bienvenido y cuidado por la comunidad. La hospitalidad puede
sentirse. Los trapenses han recibido huéspedes en esta abadía desde el
primer día de su fundación, y en la actualidad llega gente de todas los
rincones del país y del mundo. Todos son bienvenidos, sin importar su
creencia o denominación religiosa.
Un día en la vida del monje
Una vez instalado y después de hacer un reconocimiento del terreno que
pisaba, asistí a una conferencia para los huéspedes. En ella el hermano
Christian nos dijo: “Los monjes hacemos solamente tres cosas aquí:
orar, trabajar, y leer textos espirituales; todo esto con el fin de
convertirnos en personas de oración”. Y es cierto, empiezan su día a
las 3 y cuarto de la madrugada cantando Vigils. Luego oran o meditan
individualmente hasta las 5 y 45, hora en que se reúnen nuevamente,
esta vez para cantar Lauds. A las 6 y 15 hay una misa, y a las 7:00
están desayunando para volver a la iglesia a las 7:30 a cantar el
Terce. Desde luego, los huéspedes no están obligados a seguir el mismo
horario de los monjes, pero están invitados a todos estos eventos. En
particular, quien escribe nunca pudo estar en pie a las 3 de la mañana,
sin embargo ya estaba listo para desayunar puntualmente a las 7:00.
Luego, desde las 8:00, trabajan hasta el mediodía en diferentes tareas
necesarias para el sostenimiento de la comunidad. Por supuesto, ellos
tienen que alimentarse, vestirse y mantener el monasterio; por
consiguiente, trabajan. En Getsemaní, se ganan el sustento diario
produciendo queso, torta confitada, y dulce de leche con chocolate y
nueces que comercializan por correo y por el Internet. El trabajo se
concibe en el monasterio como un servicio y se le da preferencia a
aquel tipo de trabajo que favorece la oración. A las 12 y 15 las
campanas vuelven a sonar anunciando el Sext. A las 12 y media se sirve
el almuerzo. Luego viene el tiempo de lectura espiritual, lectio
divina, que practican individualmente y en absoluto silencio durante el
resto del día. Las actividades rituales siguientes para cantar los
salmos restantes son a las 2 y 15, None; a las 5 y 30,Vespers y
las 7:30, Compline. La cena se sirve a las 6 de la tarde. A las 7 y 45
es el Rosario y luego se retiran a descansar a sus celdas hasta el día
siguiente.
Mi programa
Esa es la vida del monje, pero no necesariamente la del huésped en
retiro. Mi programa diario consistía en 2 horas de meditación; otras
dos horas las dedicaba a un profundo y arduo, pero al mismo tiempo
gentil trabajo de introspección, reflexión, además del establecimiento
de propósitos acerca de mi proceso de vida. Estas dos actividades
centrales las distribuía por la mañana y tarde matizándolas con otras
menos exigentes. Otro de mis quehaceres fue la lectura, a ella le
dedicaba una horas o algo más, generalmente por la tarde y entrada la
noche. Para evitar el sedentarismo caminaba por lo menos durante una
hora y ocasionalmente tomaba fotografías. También escuchaba temas de
espiritualidad en discos compactos durante otra hora, generalmente al
aire libre en alguno de los jardines o espacios abiertos que abundan en
el sitio. Finalmente, empleaba algunos minutos en escribir mis
reflexiones en mi diario. ¡Ah!, no debo olvidar decirles que hacía una
reparadora siesta unos minutos después del almuerzo.
La contemplación fue una constante en esos días de calma y
recogimiento. En toda actividad en la que me involucraba traté de
mantener una actitud contemplativa. Otro factor importante fue la
flexibilidad en mi horario y planes. Decidía qué hacer según sentía qué
era lo más apropiado para mí en ese momento; actuaba desprovisto de
tensión. Otro aspecto que cooperó a que estos días de paz fueran una
realidad, fue el silencio. El silencio crea el clima espiritual
adecuado para que podamos escuchar nuestra voz interior y sentir la
presencia de Dios. Para mí, dicho silencio se quebraba solamente
durante las tres reuniones a las que asistía para cantar los salmos con
los monjes, que generalmente eran: Sext yVespers durante el día y
Compline por la noche.
Merton
Mención aparte merece mi descubrimiento de Thomas Merton. Había
escuchado hablar de él antes, pero no había leído ninguno de sus
libros. En la biblioteca del monasterio, como es de suponer, hay
abundante material de su vasta producción. Tuve la ocasión de leer
algunos capítulos de The Contemplative Prayer y de Spiritual Direction
& Meditiation; dos pequeñas joyas dentro del género de literatura
religiosa, no solamente por el contenido sino también por el estilo en
que están escritas. No hay duda de que Merton, aunque ya no esté
físicamente con nosotros, es un inspirado maestro espiritual de nuestro
tiempo.
Qué es la contemplación
Varias veces he usado la palabra contemplación en este artículo, por
consiguiente quisiera explicar de manera muy breve, y quizás
incompleta, lo que entiendo por este término. El estado de
contemplación es aquel en el que el individuo experimenta un grado
de unidad con el mundo exterior y de intensa armonía interna. Es
un estado mental, corporal, emocional, y espiritual. En este estado, el
cuerpo está relajado pero alerta a lo que ocurre en el exterior; la
mente se encuentra en calma, en lo que se conoce como estado alfa.
Tanto las emociones como la percepción sensorial y el pensamiento
racional se encuentran impregnados de amor y compasión por todos los
seres de la naturaleza, incluido uno mismo. Para los creyentes, en el
estado contemplativo, el individuo está unido a Dios; para los
cristianos, el sujeto está en armonía con el Espíritu Santo; para los
místicos, la experiencia contemplativa es una forma de unidad con el
Cósmico; y podríamos decir que para los budistas, es el estar presente,
mindfulness.
La vida contemplativa es aquella consagrada completamente a Dios y a
experimentar su presencia en cada instante, ya sea en el trabajo, en la
oración o en el tiempo dedicado a la lectura espiritual. En otras
palabras, la contemplación es la experiencia interior de la presencia
de Dios a través de la observación del mundo exterior. En ella, nos
identificamos y fusionamos con los objetos observados; en ella se
realiza la unión del observador y lo observado, del sujeto y del
objeto. Su esencia está constituida por el amor y la compasión.
Palabras finales
En esos días que pasé en la Abadía de Getsemaní pude vivir excelsos y
prolongados momentos de recogimiento, reflexión, paz interior, y
afianzamiento de mi esencia espiritual. En el silencio del monasterio
pude vibrar a unísono con el resto de la naturaleza y del cosmos,
comprendiendo por una vez más que nuestra realización última y primera
pasa por la disolución de eso que llamamos el “yo”, y por la fusión con
esa realidad mayor que involucra a todos los seres que habitan el
universo. Entonces, creo que esta vez estuve acertado en elegir
nuevamente pasar mis vacaciones haciendo un retiro, en irme lejos del
mundanal ruido pero cerca de mi centro, y en buscar permanecer en
contacto con la esencia y razón de ser de todas las cosas. Mi estadía
en el monasterio trapense ha sido baño de luz y un sauna espiritual, un
lavado del alma y un masaje mental; un reencuentro con Dios. |
|
| 0 Comments / Subscribe To Comments |
| Published: Sep.06.2006 @ 8:14 pm
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:51 pm |
La magia de Russeau
Cuando mis hijos eran chicos, allá en la Lima de los ochenta, yo andaba
muy involucrado en el arte; pintaba, dibujaba, hacía escultura, y
algunos experimentos en el campo de la integración de las artes. Fue en
esa época que --además de la admiración que la obra de Henri Russeau
suscitaba en mí, y cuyas razones mencionaré luego—me valía de sus
pinturas para contarles cuentos a mis hijos. Inventaba historias a
partir de las imágenes de cuadros tales como: “La encantadora de
serpientes”, “Gitana durmiendo”, o “La cacería del tigre” entre otros,
y los niños parecían disfrutar mucho. Para esto usaba las
reproducciones que circulaban en aquellos años en forma de fascículos
de la colección Maestros de la Pintura, publicada por la editorial
Noguer de Barcelona; colección que posteriormente empasté y le di forma
de libro, llegando a compilar 4 volúmenes.
La fascinación que Russeau evocaba en mí, se debía a la combinación de
ingenuidad, simpleza, poesía visual y enigma que reside en su obra.
Características que posiblemente realzaban las historias que solía
improvisar para mis pequeños, y que ellos, a través de sus sentidos e
imaginación infantiles, captaban y gozaban con la magia interna propia
de su edad.

Gitana durmiendo, 1897
Oleo sobre lienzo
(129.5 x 200.7 cm)
Museo de Arte Moderno, New York
El vínculo que me une con Russeau, se consolidó en 1980, después de
haber dejado la Escuela de Arte de la Universidad Católica. En ese
entonces, al carecer yo de maestros de carne y hueso, tuve que recurrir
a los incorpóreos. Así, para continuar con mi aprendizaje, empecé a
copiar a artistas que gozaban de mi admiración, entre ellos “El
Aduanero”. Copié un par de sus cuadros y posteriormente usé otra de sus
imágenes, “Los jugadores de pelota”, como idea para componer uno de mis
cuadros: “Balial”.
Recientemente, grande ha sido mi alegría al tener a la mano la
oportunidad de contemplar los originales de las obras, que años atrás
me contentaba con ver en ilustraciones. Esto ha podido ser realidad
gracias a la exposición “Las selvas de Russeau” que la National Gallery
of Art de Washington DC está presentando hasta el 15 de octubre. Esto
de ver un original después de estar habituado a las reproducciones, es
un evento largamente acariciado por cualquier amante de la plástica. El
momento culminante es como el que experimenta aquel enamorado al ver
por primera vez a su prometida, a quien solamente conocía por
fotografía.
Uno de los aspectos más saltantes que he podido observar en ésta y en
otras muestras en los últimos años en la Galería, es, además de la
pulcra disposición física de los cuadros, la presentación del contexto
socio, político, cultural e histórico que rodeaba tanto al artista como
su obra. Este aspecto es fundamental, no solamente para entender los
condicionamientos que indujeron al artista a producir su trabajo, sino
también porque al recrear dichas condiciones externas, el espectador se
sitúa virtualmente en el ambiente en el cual el creador y su obra
tuvieron lugar. Esto se logra con creces en esta exposición. En ella se
puede apreciar una amplia selección de material documental que incluye
revistas y tabloides ilustrados, fotografías y souvenirs del zoológico
y jardín botánico de París, esculturas monumentales en bronce de
hombres y bestias en lucha, fotografías de las exposiciones coloniales
y Ferias Mundiales que tuvieron lugar en París en las últimas décadas
del siglo XIX, y taxidermia de la colección de Museo Nacional de
Historia Natural de París. Todo este material y escenografía
determinaron e influyeron de manera directa en la concepción y método
de trabajo del artista. La galería además proyecta de manera continua
un filme documental en el que se muestran aspectos de la vida de
Russeau; los ambientes parisienses, parques, jardines, ferias; y en
fin, todo aquello que en sus días contribuyó a inflamar la imaginación
del artista para que produjera su obra.
Algunos aspectos en la vida del maestro (1844-1910) que,
arbitrariamente, quisiera resaltar son los siguientes: Vivió en París
casi toda su vida y nunca salió de Francia, trabajó como oficinista de
aduanas en las cercanías de la ciudad; se jubiló a la edad de 49 años
para dedicarse exclusivamente a la pintura. Fue un autodidacta con
muchas ambiciones, aspiraba ser miembro de la conservadora Academia
Francesa, pero su manejo primario del dibujo y perspectiva provocó
críticas adversas de los entendidos de la época. A pesar de su poca
educación y refinamiento, Russeau fue un profundo conocedor de la
cultura popular de su tiempo, y supo integrar las ilustraciones de
revistas, historietas, postales y fotografías de una manera dramática y
lírica dentro de su pintura. En las postrimerías de su vida, recibió el
espaldarazo de la generación joven de vanguardia, entre los que se
contaban Pablo Picasso y el poeta Guillaume Apollinaire. Este grupo de
jóvenes artistas vio posibilidades nuevas para la liberación definitiva
del arte de los cánones tradicionales. Esta pre-visión se cumplió en
1911, al año de la muerte del artista, cuando el Salón de los
Independientes celebró los logros de Russeau con una exposición de más
de 40 de sus pinturas.
Y ahora en Washington tenemos la ocasión de asistir a la mayor
retrospectiva del artista organizada en los Estados Unido en los
últimos 20 años. Dicho todo esto, no he visto a muchos hispanos
circulando por ahí; sustituya un domingo de fútbol y cerveza por uno de
arte, y lleve a la familia por supuesto. No se arrepentirá; vaya a ver
la muestra.
En la actualidad, ya no les cuento más historias a mis hijos basadas en
los cuadros de Russeau, pero las sigo imaginando en mi mente cada vez
que me veo expuesto al misterio de su obra.
Setiembre 5, 2006
|
|
| 0 Comments / Subscribe To Comments |
| Published: Aug.26.2006 @ 4:02 pm
| Last edited: Nov.11.2010 @ 10:48 am |
Inmigración y terrorismo: harinas de diferente costal
De un tiempo a esta parte, específicamente a partir del 11 de setiembre, parece que todo vale, que el fin justifica los medios. A partir de los lamentables sucesos acaecidos esa fecha, se ha venido poniendo en el mismo saco dos cuestiones de muy distinta naturaleza: inmigración y terrorismo. Desde esa fecha en adelante, la administración republicana y los medios de comunicación han emprendido la tarea de vincular estas dos palabras y, por ende, los dos conceptos. Y lo han hecho con una persistencia y constancia tal, que han contribuido a crear en la opinión pública un sentimiento anti-inmigrante en la sociedad americana y una aceptación casi tácita de una supuesta íntima relación entre estos dos conceptos—o en todo caso que existe un vínculo natural entre ambos. Migración y terrorismo son dos conceptos que poco o nada tienen que ver entre sí por su naturaleza intrínseca. No se trata de categorías conectas por definición, sino únicamente por cuestiones circunstanciales y hechos anecdóticos.
Veamos, la migración es el movimiento o traslado de personas desde su lugar de origen a otro con la finalidad de establecerse y mejorar sus condiciones de vida y la de los suyos. Es pues una actividad humana que se ha dado desde que el hombre puebla la tierra, y tiene el propósito de construir y desarrollar una vida nueva. La migración es una actividad pacífica basada en el optimismo y en la esperanza por un futuro mejor.
En cambio el terrorismo es una forma de hacer política por medios violentos. Está cimentada en la desesperanza y la desesperación, en una visión pesimista de la realidad. Su objetivo es la destrucción física y moral de lo existente con la finalidad de llevar a cabo su agenda. El terrorismo es la guerra de los que no están el poder, es la violencia de los que no cuentan con las leyes para hacer de la violencia algo legal. Los objetivos del terrorismo son políticos.
Los comandos terroristas que ejecutaron los deplorables actos del 11 de setiembre, no eran inmigrantes, eran terroristas. Ellos no vinieron al país a trabajar o a construir un futuro para sus familias, ellos vinieron a conspirar y a destruir. Si bien es cierto que entraron al país a través de los puestos aduaneros y pasaron los controles oficiales migratorios mostrando sus pasaportes y visas, eso no les otorgó el estatus de inmigrantes. De la misma manera que los turistas que vienen por una semana a Disneyworld, pasan por todos los controles de inmigración, esto no los convierte en inmigrantes. Un inmigrante viene a quedarse, a fundar, a trabajar, y a hacer su vida aquí, no a destruir. Por eso no hay razón vinculante entre inmigración y terrorismo. Esta es una cuestión fundamental que debemos entender, ningún inmigrante tiene que ser automáticamente considerado sospechoso de ser terrorista.
Inmigración y terrorismo son categorías completamente diferentes, son harina de diferente costal. Sin embargo, tanto el gobierno y los políticos, como los medios de comunicación en su búsqueda de culpables a la crisis de relaciones internacionales–una de cuyas consecuencias es precisamente el terrorismo—han optado por el facilismo de encontrar una fórmula simple que explique tal crisis y han unido los dos conceptos en una sola batea. Así, a través de los medios de comunicación, se ha venido machacando en la opinión pública la idea que la inmigración acarrea terrorismo, de esta manera se ha exacerbado una posición hostil hacia los inmigrantes. Los políticos de turno a fuerza de asociar estos dos conceptos nos han acostumbrado a relacionar inmigración y terrorismo hasta un grado tal en que el ciudadano común acepta como una verdad incuestionable la relación entre ambos. Pero, si nos atrevemos a analizar y a ponderar adecuadamente los hechos, concluiremos que estas categorías son diferentes y merecen ser consideradas independientemente, en otras palabras no existe una relación causa-efecto entre ellas.
Permítanme citar el caso de Tim McVeight y Terry Nichols para ilustrar la diferencia en el tratamiento sico-social del terrorismo. Ellos, como recordamos, volaron el edificio Murrah del gobierno federal en Oklahoma City en 1995 utilizando un camión cargado con 5000 libras de explosivos. Como consecuencia del atentado murieron 168 personas—incluidos 19 niños. Los terroristas, eran ambos estadounidenses de raza blanca, de clase media y residentes de típicos poblados norteamericanos. Los dos egresaron del sistema de escuelas públicas, posteriormente abandonaron la universidad y prestaron servicio por un tiempo en el ejército. McVeigh era católico. Si no mencionáramos la palabra terrorista, creeríamos estar describiendo a un par de típicos estadounidenses. A pocos se les ocurriría decir que todo estadounidense medio es un potencial terrorista. Es más, posteriormente al atentado perpetrado por estos dos individuos, tanto las agencias del gobierno como los políticos y medios de comunicación, no desarrollaron una campaña para crear la imagen de que todo o cualquier estadounidense es un terrorista en potencia.
Sin embargo y por el contrario, en el caso del atentado del 11 de setiembre, el enfoque y el tratamiento de esta compleja y delicada situación social ha sido diferente. La causa de esta diferencia es obvia, en este caso se trata de extranjeros, de raza “mediterránea”, musulmanes, características que corresponden al antípoda del estadounidense promedio. Esta vez los que ejecutan la misión de destruir y cometen un atentado feroz no son los McVeigh y Nichols, sino personas de rasgos y color diferentes, hablan otro idioma, profesan otra religión. Entonces se recurre al reduccionismo y se colige que todo extranjero—especialmente si no es de raza blanca—es sospechoso de terrorismo. Se asocian los conceptos de extranjero e inmigrante con el de terrorista, y en medio de una paranoia impresionante, y con el argumento de estar trabajando por la seguridad ciudadana, se desata una cacería de brujas contra todo aquel que se aleje un poco del patrón característico que define al estadounidense. ¿No hay acaso un componente de racismo en todo este enfoque?
La tarea de convertir al inmigrante en chivo expiatorio ha sido tan obstinada y calculada en los últimos años que ahora los proyectos de ley sobre migración, terrorismo y seguridad ciudadana se ventilan en el Congreso en un mismo paquete, como si fueran harina del mismo costal. Los expedientes de inmigración se procesan en el Departamento de Seguridad Nacional, como si todos los inmigrantes fuéramos presuntos culpables de algún delito contra la seguridad ciudadana. El asunto de la inmigración es tan importante desde el punto de vista económico, social, y político, y afecta el quehacer nacional a diario y en todo orden de cosas, que merece la máxima atención del gobierno y de la sociedad. Para estar a tono con ese grado de importancia y necesidad social, sería apropiada la creación de un Departamento de Asuntos Migratorios o de una dependencia—eficaz y eficiente—del más alto nivel.
Tratar de resolver el problema del terrorismo mundial poniendo barreras migratorias y emprendiéndola contra la gran mayoría de inmigrantes inocentes es una postura ciega y barata que no contempla las verdaderas causas de aquel fenómeno. La solución al problema del terrorismo tiene que ver más con las relaciones de poder internacional y con la adopción de una política exterior justa basada en el respeto y en la paz, no en la prepotencia avasalladora que nace del poder económico y la superioridad militar.
La seguridad ciudadana es absolutamente necesaria y es una función básica que ningún gobierno debe descuidar, pero las acciones para lograrla tienen que desarrollarse en un marco de racionalidad, respeto por las minorías y considerando la variedad y el pluralismo—características que también definen y están en la base fundacional de los Estados Unidos. Endurecer las políticas de inmigración poniendo más barreras a los hombres y mujeres que vienen a mejorar sus vidas, no va a tener repercusión alguna en la ocurrencia de actos terroristas, pues estos últimos son cometidos por otro tipo de individuos y con otros fines, no por inmigrantes. Los programas de seguridad ciudadana y lucha contra el terrorismo deben llevarse a cabo sin arremeter contra un sector de la población que llegó a este país con sanas intenciones, las de crear un futuro promisorio para sus familiares. Lo contrario es inhumano y contraproducente. Hay que tener presente que a lo largo de toda la historia de este país, el inmigrante ha venido a realizar sus sueños y a contribuir con su esfuerzo cotidiano al engrandecimiento de esta nación. A las cosas por su nombre, un inmigrante vino a construir, y como tal merece el mayor de los respetos y que no se presuma de él lo que no es.
Agosto 4, 2006
|
|
| 3 Comments / Subscribe To Comments |
| Published: Aug.26.2006 @ 3:13 pm
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:52 pm |
¿Quién mató al carro eléctrico?
Fui a la estación de servicio para llenar el tanque hace unos días y, como usted también lo habrá experimentado, tuve que pagar cerca de $50 dólares por algo que antes de la era “Bush at War” pagaba con la mitad. La administración republicana ha llevado al país a una guerra precisamente por el control del petróleo en el medio oriente y ahora el hidrocarburo se encuentra en su nivel de precios más alto de la historia. Quienes están en la Casa Blanca, son precisamente prominentes empresarios de la industria del petróleo y como tales, conocedores cabales de ésta, sin embargo el precio del crudo de petróleo y por ende de la gasolina son los más altos que uno recuerde. ¿No sería cuerdo suponer que con sus conocimientos, contactos e influencias, estos personajes podrían estar haciendo lo necesario para que el pueblo norteamericano—que los eligió—no se viera castigado por el alza del precio de la gasolina? Parece que esto no les interesa tanto como asegurar que las empresas petroleras mantengan en alza sus crecientes ganancias. Y en esto, hay que reconocerlo, han sido tenido mucho éxito, pues las utilidades de las compañías petroleras han alcanzado en los últimos años, niveles antes nunca vistos—inexcusablemente gracias a la guerra con Irak.
Una aspiración de la humanidad desde hace casi medio siglo ha sido la sustitución de recursos energéticos por otros que no supongan una reserva física sesgada geográficamente—como en el caso del petróleo, casi los 2/3 de éste se encuentran concentrados en el medio oriente. Otra aspiración plausible en la búsqueda de un recurso energético alternativo, ha sido la necesidad de controlar y reducir la contaminación ambiental, así como la de proteger el medio ambiente. La contaminación ambiental ha crecido a un ritmo tan alto en los últimos 100 años, que ahora—aunque algunos cortos de entendimiento y malintencionados se empeñen en negarlo—estamos asistiendo a una realidad llamada recalentamiento global, cuyas consecuencias serán desastrosas e irreversibles. Entre las que podemos enumerar se encuentran: los daños en el ecosistema y la agricultura, la desertización, la dispersión de la malaria, dengue y fiebre amarilla, y ciertas alergias. El hombre a lo largo de las últimas décadas ha imaginado un recurso diferente que no contamine el medio ambiente. Este recurso largamente soñado ha sido la electricidad. Así pues, después de muchos intentos aislados, en 1996 este sueño se hizo realidad al circular por las autopistas y calles de California el esperado auto eléctrico. Esto ocurrió, en parte, gracias a una ordenanza emitida en 1995 por el Air Resources Board del estado de California (CARB), que requería que el 10 por ciento de los autos vendidos en el estado deberían ser vehículos libres de emisión de gases para el año 2003.
El primer auto eléctrico, de diseño atractivo y dotado de las funciones y accesorios deseados en todo auto moderno, fue desarrollado y lanzado al mercado en calidad de alquiler por la General Motors. Su nombre, EV1. Al compararlo con sus primos hermanos impulsados por gasolina, aquel no dejaba nada que desear. Desarrollaba una velocidad de 80 m.p.h., contaba con aire acondicionado, calefacción, radio, tocadiscos, en fin con todos los elementos, características y comodidades que todo conductor desea encontrar en un vehículo moderno. Su principal ventaja, obviamente era la de no depender de la gasolina ni del aceite que requieren los autos de combustión interna, y la de no emitir gases tóxicos. Al no requerir lubricantes derivados del petróleo, era absolutamente limpio, y además de todo esto, silencioso, quizás más aún que la refrigeradora que tiene usted ahora en su cocina. Para los amantes de alcanzar altas velocidades en el menor tiempo posible, el auto eléctrico era capaz de satisfacer esa imperiosa necesidad: podía acelerar de 0 a 60 m.p.h. en 8.5 segundos.

El EV1 en todo su esplendor.
Usted podía recargar su batería en el garaje de su casa durante la noche, usando un cargador de 110 voltios o de 220. El primer lote de carros eléctricos podía recorrer hasta 80 millas antes de necesitar una recarga de batería; la segunda generación logró aumentar este millaje hasta 120. La limitación en el recorrido entre carga y carga, podría considerarse como una de sus desventajas. Sin embargo era suficiente para una gran mayoría de usuarios. Por ejemplo, un residente en Washington podría haber ido a su centro de trabajo en Baltimore ida y vuelta sin necesidad de recargar la batería en el trayecto. Esta desventaja sería aún menos significativa en estos días, pues en la actualidad se encuentra en desarrollo una batería capaz de mantener el auto en circulación hasta 300 millas por carga. Otro argumento que esgrimieron sus detractores fue la insuficiencia en número de estaciones de abastecimiento de energía eléctrica para estos coches. Pero el mercado podría haberse encargado de corregir fácilmente esta deficiencia, si se le hubiera dado la oportunidad. Según la lógica del mercado, con el incremento de autos en circulación habrían surgido negocios para satisfacer la demanda; de la misma manera como ahora han proliferado las compañías que producen accesorios para el iPod.
Pero ¿qué pasó? ¿Por qué esta maravilla desapareció de la faz de la tierra? ¿O acaso alguien ha visto un carro eléctrico circulando últimamente? La respuesta se puede encontrar en la película “Quién mató al carro eléctrico”. El realizador Chris Paine logra plasmar en este documental, un panorama que le permite al espectador entender los factores en juego y hacer un deslinde de responsabilidades. Su investigación exhaustiva tiene a la vez un tono de trama policial que la hace digerible y fácil de seguir; pues es imposible negar que se trata de un asunto complejo que tiene muchas aristas que atañen no solamente al campo de la tecnología y el medio ambiente, sino también al mundo complicado de la política, los intereses económicos, y los patrones de consumo de la población.
El filme pone frente a los reflectores de los inquisidores tanto a los sospechosos activos de este crimen—las compañías fabricantes de autos, las compañías petroleras, la mesa directiva del California Air Resouces Board (CARB), y el gobierno federal—como a los pasivos: los consumidores. Nadie se salva, todos son investigados y después de un acucioso análisis, a cada uno le toca su parte. Aquí Paine es algo benevolente, pues a mi parecer, el nacimiento, la vida y la muerte del auto eléctrico, se asemejan, desde un inicio, a un complot orquestado por los principales actores de este drama: los sospechos activos. Si no, veamos los hechos: La General Motors, obligada por la ley, lanza el EV1 al mercado, pero simultáneamente, y durante toda la corta vida de su retoño, ésta y otros fabricantes de autos desarrollan un agresivo cabildeo tanto en California como en Washington D.C., el cual finalmente concluye en un juicio contra la CARB para revocar la ley de reducción de emisiones. Paralelamente—y esto es contradictorio con las leyes del Marketing, por no decir una aberración—lanzan una campaña para desalentar a los consumidores a adquirir su producto. Esto les permitirá posteriormente justificar la decisión de descontinuar la producción debido a un desinterés en los consumidores y consecuentemente una insuficiencia en la demanda. Los fabricantes de repuestos automotrices y de insumos derivados del petróleo tales como el aceite, temieron una reducción de sus ventas en caso de un eventual aumento de popularidad del auto eléctrico, ¿a quién le venderían sus repuestos, y su aceite? Entonces también tuvieron otro motivo para presionar para que la ley de emisión de gases fuera revocada
Al final de esta historia, como corolario del juicio, la General Motors y otros fabricantes de autos lograron que la ley “Libre de emisiones” fuera derogada. Esto ocurrió coincidentemente en momentos en que la administración Bush hacía una puja decisiva en la Corte y, por otro lado, el presidente del directorio de la CARB era sustituido por otro, vinculado este último a las corporaciones automotoras. Como epílogo de esta historia real, el carro eléctrico fue el retirado de circulación y todo vestigio de su existencia fue destruido; como para hacernos creer que nunca existió, y como para indicarle a futuras generaciones de soñadores la inviabilidad del proyecto. Los carros fueron triturados y reducidos a polvo en distintas plantas de la General Motors y Toyota. Los enamorados de sus máquinas eléctricas lloraron y protestaron en las calles de Los Angeles, pero la suerte estaba echada. Algunos fueron detenidos. Así, otra vez, un sueño más quedó truncado. Prevaleció el afán de lucro de las grandes empresas. Las utilidades a corto plazo de las empresas fueron más importantes que el bien común y que la preservación de un medio ambiente sano y limpio para las actuales y futuras generaciones.
No obstante esta derrota, Paine concluye su trabajo en una nota optimista, sugiriendo que el auto eléctrico se adelantó a su época y que en el futuro las condiciones globales obligarán a un cambio en el uso de fuentes energéticas. Queda implícito en el filme que tarde o temprano el mundo moderno optará por energías más condescendientes con el medio ambiente. Estoy de acuerdo que esto ocurrirá algún día, pero el asunto es que el planeta y la humanidad no pueden esperar que estemos al borde de la extinción, el colapso ecológico, o más guerras como la de Irak para dar el paso adelante. Estaría de acuerdo con el cineasta en que el carro eléctrico se adelantó a su época, si el auto hubiera salido al mercado en 1912, año en que fue inventado, pero no en una era de desarrollo tecnológico como la actual. Por otro lado, lamentablemente, no me siento tan optimista como Paine; al menos mientras estemos gobernados por los representantes de los grandes intereses corporativos, mantendré mi optimismo un poco en reserva. Y no soy tan optimista, porque los sociedades que privilegian los intereses económicos de las corporaciones por sobre los intereses de la gente, solamente contemplan la rentabilidad de sus inversiones en el corto y mediano plazo y hacen lo inconcebible por imponer las condiciones que las beneficien, así éstas sean injustas o vayan en desmedro del bien común. No veo pues una solución favorable a los intereses de la salud de la gente y del medio ambiente mientras prevalezca la lógica de “Si se benefician las grandes empresas, como consecuencia se beneficiarán las comunidades”, esto es no es necesariamente cierto. Para que un nuevo proyecto de sustitución energética pueda prosperar, será necesario poner por delante el interés millones de personas y de futuras generaciones en el mundo; será necesario hacer que la gente entienda que la salud de la madre naturaleza—que generosamente nos ofrece un hábitat donde vivir—es más importante que la salud financiera y la avaricia de las corporaciones. Ojalá que la visión de Paine prevalezca sobre la mía y que la humanidad opte por otros recursos energéticos antes de que sea demasiado tarde.
Si “Quien mató al carro eléctrico” todavía está en los cines, vaya a verla. Si ya la quitaron de la cartelera, no importa, alquile el video, prepare una buena porción de maíz reventón, y disfrútela. Vale la pena.
Agosto 21, 2006
|
|
Current Page 2
<<
< |
1
2
|
|
|