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| Published: Mar.30.2011 @ 6:09 pm
| Last edited: Mar.30.2011 @ 3:15 pm |
Mis maestros
En un reciente seminario sobre asuntos educativos, la expositora nos pidió hacer un ejercicio. Este consistía en poner en blanco y negro las características de los maestros que más hubieran influido en nuestra vida estudiantil, tomar conciencia de las características de ellos y señalarlas. Yo, por más que me esforcé, no pude recordar más de dos en ese momento. Pero me quedé pensando en el asunto, y, pasado el evento, empezaron a venir a mi memoria los nombres de aquellos que más habían contribuido a mi formación. Además me puse a pensar no sólo en sus características docentes sino también en los motivos por los que estos maestros han permanecido en mi memoria y en lo que han dejado en mí y probablemente también en otros. Estos apuntes son para dejar constancia de la gratitud que guardo hacia estos personajes, que muchas veces solamente atesoran las satisfacciones propias de la vida de un educador, una de ellas, que sus discípulos los recuerden con una sonrisa, o que simplemente los recuerden.
Sé que hay una gran variedad de maestros, no únicamente en los centros académicos. Los podemos hallar también en las calles, en los libros, en fin, en los lugares menos convencionales. Pero aquí voy a ocuparme exclusivamente de los que conocí en centros académicos y de formación profesional. Dejo para otro artículo los maestros e influencias que han marcado mi vida desde el punto de vista espiritual.
Colegio
El San Agustín de los años 50 y 60, era un colegio religioso para chicos de clase media. Contaba con un campus impresionante, patios enormes, aulas amplias con buena iluminación, laboratorios apropiados pero subutilizados, canchas de fútbol y baloncesto, capillas, y un bosque lleno de árboles que después lo talaron y cedieron al estado para construir esa autopista que llaman “El zanjón”. Por su infraestructura, el colegio estaba entre los mejores de la ciudad, y por consiguiente del país. Su plantel docente se repartía entre los que vestían sotana y los que vestían cuello y corbata. En ambos grupos había unos cuantos que merecían ser llamados maestros y otros –la minoría, felizmente– a quienes ni siquiera podríamos imaginarnos otorgándoles tal título.
Entre los que más recuerdo, el padre Bernardino ocupa un lugar prominente. El era uno de los pocos curas que emanaban paz interior. En aquellos años no me habría costado mucho imaginar que podría llegar a ser un santo. Quizás lo recuerde así porque era una excepción a la regla: no hacía uso del castigo físico, lo cual iba contra la norma de la época y especialmente del San Agustín –la norma aquella de que letra y disciplina con sangre entran. Bernardino nos enseñó inglés en quinto de primaria. Su método era muy simple, dividía cada página del cuaderno en tres columnas, cada una de las cuales rezaba: “palabra”, “pronunciación”, y “significado”. En realidad era un glosario de términos. Aunque no fuera un método muy efectivo, a mí me parecía divertido y diferente a cualquier otro; y lo que más yo valoraba era que en estas clases no había tensión, más bien reinaba un clima de tranquilidad que permitía que la experiencia de estar en contacto con otro idioma fuera algo agradable. Me sentía inmerso en el aura de bondad que el padre Bernardino transmitía en cada una de sus clases.
Juan Manuel Cuenca fue otro cura que dejó huella imperecedera en mí a esa corta edad. Literalmente la dejó, pues mi rúbrica, en cierta manera está claramente inspirada en la suya. Admiraba de él su capacidad intelectual, su inteligencia aguda y erudición. En cuarto de secundaria nos enseñó Literatura, pero creo que también fue nuestro profesor de Religión en primaria.
Al padre Mayo Rueda lo tengo presente por su profusa utilización de proverbios y su aplicación en el momento preciso. Cuando las cosas no iban bien solía decir “unas son de cal, otras son de arena”; cuando alguien decía una necedad, aconsejaba: “a palabras necias, oídos sordos”. Los dichos, algunos aseveran, son una forma de filosofía popular pues encierran cierta sabiduría. Otro aforismo que al escucharlo no puedo dejar de pensar en él, reza así: “en boca cerrada no entran moscas”. Tenía el padre Mayo una sentencia para cada ocasión.
Entre los laicos, Federico Echevarría Cevasco fue nuestro profesor de Economía Política en quinto de media. Era un hombre capaz de organizar su pensamiento y discurso en forma de cuadros sinópticos. Él iba llenando con sus esquemas el área completa de la pizarra según avanzaba en el desarrollo de su tema. Parecía tener una visión global de las cosas y a la vez analítica. Siempre era posible visualizar su línea de pensamiento y observar las relaciones de causa-efecto entre las partes, para ello bastaba con mirar la pizarra.
Si debo mencionar a otro profesor laico, después de mucho cavilar, encuentro la imagen del subteniente Alfredo Bellina. Él era el encargado de darnos la formación militar que el currículum de la época consideraba necesario para todo joven. Recuerdo de él una definición que en ese entonces me parecía lejana y solamente aplicable a la historia estudiada en los textos, pero que lamentablemente, por experiencia vivida a lo largo de los años, he podido comprobar su certeza: “la guerra es la continuación de la política”. Es una triste realidad, pero es la verdad. También solía decirnos en un tono grave, una y otra vez: “la vida es muy dura”. A mí eso me sonaba a telenovela, exageración, o a una declaración propia de alguien que estuviera atravesando una tribulación. Yo tenía 15 años y solamente veía la vida como un flujo de excitación constante con atributos que podrían calificarse con términos cercanos a la palabra felicidad. Posteriormente pude entender perfectamente a qué se refería don Alfredo Bellina.
Academias
En cuarto de secundaria mi rendimiento fue tan pobre que mis padres decidieron enviarme a una academia después de las horas de colegio para que pudiera salvar el año. La academia de Vicente Gálvez estaba la calle Porta, en Miraflores. Ahí iban a parar aquellos que estaban a punto de perder el año debido a su preferencia desmedida por los goces de esa edad por encima de los sacrificios que la vida estudiantil implica. Vicente Gálvez era amigo de sus alumnos, los hacía sentir que eran personas interesantes e importantes, se alegraba al verlos y reía con ellos. A diferencia de los curas y profesores del colegio, don Vicente nos llamaba a cada uno por nuestro nombre y no por el apellido.
Su casa la había convertido en un centro de estudios en el que recibía a jóvenes casi desahuciados provenientes del Champagnat, Santa María, e Inmaculada principalmente—yo era el único del San Agustín. En su casa-academia no había línea divisoria entre los quehaceres académicos y familiares. Sus hijos recorrían los ambientes de la casa en completa libertad, su esposa cargaba a sus pequeños, vigilaba y toleraba sus juegos de una manera amorosa –actitud un tanto desconocida para mí. Vicente Gálvez era un hombre feliz. Trabajaba en su casa, disfrutaba de su familia, de sus alumnos, y de lo que hacía diariamente. Nos enseñaba aritmética, álgebra, geometría y trigonometría. Fumaba como un condenado, pero siempre estaba sonriente. Lo que aprendí de él es que es posible disfrutar de su propio trabajo, que es posible ser un hombre un feliz con lo que se hace a diario como medio de subsistencia.
Después de graduarme en el San Agustín quise hacer algo difícil, algo que realmente me costara esfuerzo conseguir. Decidí postular a la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), la más importante y renombrada casa de estudios del país en cuanto a ciencia y tecnología se refiere. De 10 postulantes ingresaba uno. La competencia era intensa. Aspiraban a este centro de estudios los mejores y más dotados estudiantes de todo el Perú. Y yo, que no me había destacado precisamente por ser un buen alumno durante la secundaria, tuve que asistir durante un año a una academia de preparación especializada en el ingreso a la UNI y así poder estar a la altura de las circunstancias. Así fue que me matriculé en el Instituto Matemático.
El Instituto estaba ubicado en la Avenida La Colmena, en el centro de Lima. Su plantel docente era brillante. Todos sus profesores eran extraordinarios, no había uno que fuera mediocre, todos estaban por encima del promedio en cuanto a calidad pedagógica se refiere. El común denominador de todos ellos era el profundo conocimiento de las materias que impartían y sus estupendas dotes didácticas. En el Instituto se respiraba un aire de dedicación al estudio que pocas veces he visto imperar en centros de estudio, tanto entre sus alumnos como entre sus instructores. No conocí a nadie que fuese a perder el tiempo ahí. Todos iban a estudiar y a enseñar con fervor.
Quisiera expresar mi reconocimiento a los maestros de esta etapa de mi vida, pero solamente recuerdo los nombres de unos cuantos, ellos son Salvador Lau Barraza (Algebra), Hugo Rodríguez Galarreta (Trigonometría), José Chunga Yaya (Física), Efraín Rodríguez Cárdenas (Aritmética). Los demás nombres, después de casi medio siglo, se han esfumado de mi memoria y por más que he tratado de reconstruir la historia no he tenido éxito. Tampoco he podido hallar rastro de ellos en el Internet. Sin embargo mis buenos amigos de la Facultad de Ingeniería Civil de la UNI, que también pasaron por el Instituto, me ayudaron a reconstruir esta lista. Todavía me quedan dos nombres en el tintero, de los cuales no tengo completa certeza, los de mis profesores de Geometría y Química. Sé que puedo parecer injusto al omitir a este excepcional par de profesores, pero quiero que quede claro que en realidad rindo tributo a todos los maestros que tuve en el Instituto Matemático sin excepción.
Cuando me matriculé en turno de la tarde, el año 1966, yo sólo aspiraba obtener una preparación que me permitiera ingresar a la UNI. Esa era mi meta. Pero grande fue mi sorpresa diez meses más tarde y después de los exámenes, comprobar que no solamente había ingresado sino que había ocupado el puesto 20 en el orden de mérito general y el segundo en la Facultad de Ingeniería Civil. Atribuyo dicho éxito a la férrea disciplina de estudio autoimpuesta durante casi un año y a los profesores que tuve en el Instituto.
La UNI
La UNI fue mi primera universidad. Ahí continué mis estudios en el campo de las ciencias exactas. Paralelamente inicié mi formación en aspectos relacionados con la política, sociología, literatura, sicología, y filosofía de una manera autodidacta, ecléctica y desordenada. En contraste con el Instituto Matemático, en la UNI encontré extraordinarios maestros y otros que carecían de las dotes que hace de un profesor un buen maestro.
Si tuviera que usar un adjetivo para Luis Hernández Lefrac, sería monumental. No solamente por su físico, que era imponente y por su pulcritud en el vestir, sino por el rigor, la elegancia y el magnetismo de su didáctica. Él era un maestro en el más completo sentido de la palabra. Nos enseñaba Análisis Matemático, que incluía Cálculo y Geometría Analítica. Sus clases eran diarias de 8 a 10 de la mañana. Yo vivía en Miraflores y me las agenciaba para llegar puntualmente al campus de la UNI, en El Rímac –el otro extremo de la ciudad. No me hubiera perdonado faltar a una sola de sus clases; ellas eran un gozo para el intelecto.
A pesar del elevado nivel de abstracción y racionalidad que por naturaleza propia su asignatura encerraba, Hernández la presentaba como una historia, como una novela cuyo siguiente capítulo uno ansiaba conocer. En sus clases se podía observar con claridad el orden, la concatenación perfecta entre temas, la estrecha relación entre los teoremas previamente demostrados y los subsiguientes. Siempre era posible ver cómo se iba construyendo el edificio de la ciencia de una manera impecable, lógica, secuencial, y rigurosamente sustentada. Luis Hernández era la personificación del orden y la precisión de las ciencias puras. Al asistir a sus clases de Análisis Matemático uno se convertía en espectador y partícipe de la historia del pensamiento humano desde el punto de vista matemático. Siento que fue realmente un privilegio haber tenido una oportunidad como ésa.
La geometría descriptiva, como sistema de comunicación gráfico, trata de describir el espacio de una manera matemática, de modo que los objetos tridimensionales y las relaciones entre ellos puedan ser expresados en dos dimensiones mediante el dibujo. Sus aplicaciones caen dentro de los linderos de la ingeniería, la arquitectura, el diseño, y el arte. Chicho Bonifaz era el maestro perfecto para esta disciplina. Él era capaz de hacerla inteligible, de que cualquiera pudiera entender sus principios y resolver complejos problemas de aplicación. Chicho –por cuyas aulas pasaron generaciones enteras de ingenieros y arquitectos – tenía además otra cualidad, la de enfatizar la importancia del aspecto formal en la presentación de cualquier documento o en la exposición didáctica de un tema. Otra característica de su personalidad era su caligrafía perfecta. La pizarra, después de cada una de sus clases, podría haberse conservado como una obra de arte conceptual. Para Chicho, el contenido y la forma eran igualmente importantes, en sus clases él era un comunicador nato.
Marco Martos nos enseño un curso de escritura para ingenieros, con un título algo así como Redacción Técnica. Marco es un poeta, y como tal veía el mundo y la docencia. Desarrollábamos el syllabus del curso, pero además de eso nos regalaba con la visión de un literato sobre la importancia de la palabra bien escrita y correctamente enunciada. En su curso vi reflejado mi amor por la literatura y la poesía. Martos fue una influencia decisiva en mi vida. Gracias a él supe que yo no iba a ser solamente un ingeniero, sino además un humanista. El año pasado en un viaje que hice al Perú, como un sencillo homenaje, adquirí uno de sus libros: “Dondoneo”.
La Molina
La Universidad Agraria-La Molina era y es la más importante del país dedicada a las ciencias agrícolas. De cómo llegué ahí voy a explicarlo en un artículo aparte. Por ahora me voy a concentrar en los profesores que ahí encontré.
Uno de los primeros que viene a mi mente es Carlos Lezcano. Él era la disciplina y el rigor matemático aplicados a la física. Nos hacía sentir que éramos capaces de entender las leyes de la termodinámica y remontarnos hasta alturas no imaginadas a través de la resolución de problemas complejos. Lezcano era un profesor exigente y perfeccionista, no dejaba pasar un solo error, ni en el contenido ni en la forma.
La formación del ingeniero en la Agraria era ecléctica y universal. A diferencia de la UNI, el currículo en la Agraria no constaba exclusivamente de cursos científicos y técnicos, sino que incluía materias de otras ramas del saber humano, tales como la antropología, sociología, economía, psicología, derecho, biología, etc. El lema de esta casa de estudios era “Quiero cultivar al hombre y el campo”.
Alfredo Torero, era un sembrador de inquietudes. El encarnaba la pasión por entender nuestros orígenes y por relacionar la historia de nuestra evolución con la realidad social actual. Torero parecía estar sumergido en el pasado y asomar en el presente con sus ojos sorprendidos a para dictar sus clases en La Molina. Su percepción del presente se hallaba profundamente marcada por la conciencia de conocer el proceso evolutivo de nuestra especie. No sabría decir si vivía más en el pasado y miraba el presente a través del velo de la historia, o si vivía el presente y se remontaba al pasado para entender las vicisitudes de nuestra situación actual. Pero de cualquier modo, él fue una fuente viva de inspiración para mí. Asistir a sus clases era una experiencia esclarecedora, tan gratificante como ir al cine o a un concierto de alguno de mis grupos preferidos de rock.
Otro profesor que dejó huella en mí durante mis años universitarios fue Joaquín Maruy Tashima. Él representaba el mundo exterior, la modernidad, había obtenido una maestría en Cambridge-Inglaterra, había publicado un libro de planeamiento rural, usaba blue jeans en el campus y calzaba suecos. Era una mezcla de rojo, intelectual, millonario y hippie irreverente. A la vez, Maruy era la imagen viva del éxito, era hijo de un acaudalado empresario, y daba la impresión de que trabajaba sólo por el placer de hacerlo, no por necesidad. Personificaba el sueño del planeamiento rural como una apuesta por el cambio social y el desarrollo nacional. Veía yo en él la encarnación de los ideales que me habían llevado a trasladarme desde la UNI a la Agraria el año 1971. Compartía yo con él la vocación, convicción y práctica de que por medio de la creación de asentamientos humanos en el campo –que conviviesen en armonía con la naturaleza e integrados con sus respectivos centros productivos– se lograría un poblador rural feliz y próspero, y por ende la sociedad entera se beneficiaría. Ahora eso suena un poco a utopía, pero en los 60 y 70 era lo que creíamos muchos de nosotros. “Soñadores” solían llamarnos ciertos señores de cuello y corbata; pero no estamos solos les respondía parafraseando a Lennon.
Rudy Muñante fue mi profesor de Planeamiento Rural y otros cursos de la especialidad. Lo que más recuerdo de él es su constante alegría y buen humor, parecía disfrutar cada momento de su trabajo en la Universidad. Le encantaba estar en contacto con la gente, y parecía interesarse genuinamente en cada uno de sus alumnos. A veces basta una máxima para pasar a la historia. Y Muñante la enunció en forma de cuestionamiento. Recuerdo que una de sus clases, le preguntó a uno de sus alumnos, “¿cuál es el objetivo de tu vida?” Con esto Muñante saltó de la dimensión de los asuntos profesionales y sociales –que eran el centro de nuestra atención– a otra de nivel ontológico. Con esta pregunta él estaba tratando de establecer una relación entre nuestro papel como profesionales dentro de una sociedad como la peruana y nuestro rol en la vida como seres humanos. Esta indagación de Muñante confirmó mi visión integradora y unificada de nuestras funciones en los ámbitos social, profesional y de realización personal. Esa pregunta resonó en mí por años, quizá fue la más importante en mi vida estudiantil.
Maruy y Muñante nos hacían volar e imaginar las infraestructuras físicas y sociales que resolverían los múltiples y ancestrales problemas que afectaban al agro. Pero Jorge Torres Lombardi nos hacía poner los pies en la tierra y crear las soluciones técnicas a dichos problemas mediante el diseño de asentamientos rurales y soluciones constructivas pertinentes. El nos enseño los cursos de Diseño Rural y Diseño de Asentamientos Rurales. Con él había que resolver problemas concretos y buscar soluciones prácticas a cuestiones reales. A pesar de su juventud tenía una amplia experiencia profesional y docente. Además de ser un gran maestro era un buen amigo. Fue él quien me introdujo en el mundo de las cooperativas agrícolas. Trabajé en Caquí, cerca de Huaral. Ahí conocí a otros jóvenes profesionales e idealistas con los que cultivé una amistad duradera, ellos eran arquitectos, sociólogos y antropólogos que trabajaban por cambiar el mundo por medios pacíficos, mediante la técnica.
Sin leyes no podríamos vivir en sociedad ni menos haber creado cultura, continuaríamos en la era de las cavernas. La formación en la agraria era técnica y humanística. Esta universidad preparaba a sus ingenieros para entender y desenvolverse en la sociedad y en la época que nos había tocado vivir, o por lo menos trataba de que los futuros ingenieros estuvieran expuestos a algo más que cálculos matemáticos y de agrimensura. Así pues uno de los cursos claves en mi formación fue “Introducción al Derecho”, con César Delgado Barreto como profesor de esta materia. Además de ser un brillante expositor, él lograba motivar a sus estudiantes a hurgar en los libros para entender más, ampliar nuestros horizontes y buscar respuestas a las inquietudes que pudieran surgir dentro de nosotros.
El Arte
Yo ya había concluido mis estudios de ingeniería hacía más de un año y trabajaba como profesor a tiempo completo adscrito al Departamento de Matemáticas y Estadística de la Universidad del Pacífico cuando me convertí nuevamente en estudiante, esta vez de artes plásticas en la Universidad Católica de Lima. Era el año 1977. Sobre el por qué de este salto aparentemente disímil me explayaré en otro artículo posteriormente. Por ahora vayamos a lo nuestro: los maestros.
El virtuoso acuarelista Juan Pastorelli fue mi profesor de Perspectiva, y posteriormente fui su asistente en el dictado de dicho curso durante un par de años. Por eso, no estoy seguro si me estoy refiriendo a él como maestro, colega, o artista. Pero, en cualquiera de los casos, Juani ha sido siempre excepcional. No he conocido a ningún otro que explicara los fundamentos de la perspectiva de una manera tan clara y precisa. Incluso durante nuestro trabajo en equipo como docentes, él siempre seguía enseñando, con su consejo y manera afable de interactuar con sus pares. Y eso es lo que define al verdadero maestro, ellos enseñan no solamente en el aula, sino donde las circunstancias los coloquen, enseñan con su conducta, con sus actos, con su manera de relacionarse con los demás continuamente.
Las clases del viejo Winternitz, como solíamos llamarlo, apostaban a la reflexión constante sobre la naturaleza del arte y la misión del artista. En ellos Adolfo Winternitz trataba de darnos fortaleza interna para así mantenernos fieles a nuestra vocación e ideales artísticos. Cada clase era una invitación a beber de las fuentes de inspiración reveladas en la historia del arte y en la vida y obra de los artistas. En sus clases encontré afirmación a mi identidad de artista, aliento para perseverar en los objetivos que me había trazado, y motivación para desarrollar mi obra plástica.
La connotada escultora y dibujante Cristina Gálvez impartía clases de dibujo y escultura en su taller de Miraflores. Con Cristina hasta el menos dotado para el arte aprendía a dibujar la figura humana, y bien. Ella estimulaba y alentaba a sus alumnos de una manera muy particular. Su escala de calificación siempre se movía dentro de un área positiva. Los trabajos de su discípulos los calificaba como: ‘bueno’, ‘muy bueno’, ‘excelente’, ‘superior’, ‘magnífico’ y otros adjetivos que ella solía colocar sobre las láminas en que hacíamos nuestros dibujos. Esa era su escala, para ella no existía un dibujo deficiente. El mero hecho de dibujar significaba un esfuerzo titánico, un intento significativo que no concebía calificarlo de manera negativa. Qué gran filosofía; si todos evaluáramos a nuestros congéneres del mismo modo en cualquier oficio, pienso que viviríamos más estimulados, seríamos más felices. Cristina solía decir que el arte era un acto de amor.
Mark Withmare fue mi profesor de canto en el Northern Virginia Community College en su campus de Alexandria. Algo notable en él era su memoria y capacidad para identificar las peculiaridades de sus discípulos. Mark era capaz de recordar, desde el primer día de clase, los nombres de cada uno de sus veinte y pico de alumnos. Por otro lado, sabía determinar las necesidades específicas de cada estudiante en cuanto las características de su voz y su manera de cantar. Como consecuencia de este diagnóstico, Withmare, le recomendaba a cada quien el ejercicio preciso para mejorar su técnica de canto. Mark transmitía optimismo, parecía disfrutar enormemente el hecho de estar en contacto con los estudiantes así como la tarea de enseñar.
Gracias
Al posar la mirada en mi pasado, específicamente en el aspecto de mi formación, veo un abanico impresionante de personalidades que han impactado en mi vida en diferentes etapas, un conjunto variado de maestros que de diversas maneras han marcado mi devenir. Todos ellos han aportado algo valioso. De unos aprendí su rigor inquisitivo y profundidad de análisis; en otros admiré su erudición o carisma. Algunos me iniciaron en la práctica de la disciplina y la perseverancia; otros me hicieron valorar la alegría de estar en contacto con la gente y la importancia de la satisfacción con el trabajo propio. En muchos reconocí la vocación de servicio por ayudar a quienes se acercaban al conocimiento. No pocos se encargaron de mostrar su integridad y valores, esa fue su gran enseñanza.
Pienso que los humanos, cualquiera que sea nuestra ocupación, influimos los unos en los otros. Todos transmitimos nuestras mejores cualidades o nuestros defectos en nuestra interacción social diaria. La cuestión es cómo influir positivamente en los demás. Los maestros juegan un papel central y tienen una gran responsabilidad en este sentido, pues su ascendencia llega a muchos y a edades que ciertamente son determinantes. Su radio de acción es más amplio que el de otro tipo de profesional. Lo que ellos transmiten puede llegar a una mayor cantidad de gente. Ellos tienen una considerable capacidad de difusión de ideas. Creo que la transmisión de valores es uno de los aspectos más importantes en labor de un maestro. Los verdaderos maestros son conscientes de esto y en consecuencia se esfuerzan por cultivarse como personas y por desarrollar técnicas apropiadas para el logro de sus propósitos.
Lo que celebro al citar a estos maestros es que ellos lograron mantener en mí la motivación interna que me permitió indagar y profundizar en el mundo del conocimiento. Lograron que yo continuase siendo un ávido lector y un enamorado del saber. También aportaron, de alguna manera, a que yo siguiera mi vocación de explorador de la verdad y observador crítico. Yo estudiaba, tanto de una manera formal como informal, ya fuese en el aula universitaria, en un café literario o en un cine club. Buscaba información en las bibliotecas y en las playas, investigaba en el laboratorio y en la calle. Reflexionaba con académicos en conferencias o con los amigos en un bar.
Descubrí que en mí residía parte del conocimiento, que éste solamente estaba en espera de ser develado. Algunas veces la revelación ocurría ante la presencia del maestro que contribuía a que el conocimiento aflorara, como el agua contribuye a que una planta florezca. La motivación que puede inducir un maestro es fundamental, constituirse en un elemento motivador es una función central en un educador. De cierta manera, creo que los maestros son los espejos que reflejan la inmensa curiosidad, deseo de entender el mundo, y necesidad de experimentar el conocimiento que anidaba dentro de cada persona.
¡Gracias maestros!
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| Published: Nov.11.2010 @ 11:50 am
| Last edited: Nov.15.2010 @ 7:01 pm |
¿Comunicados o separados?
Eran las dos de la tarde de un verano caluroso y húmedo en Nueva York. Abordé el ómnibus en en pleno centro de Manhattan. Después de una perorata del chofer sobre el uso exclusivo del baño para menesteres urinarios y no para otras necesidades mayores, partimos rumbo a Washington casi puntualmente.
Me senté en la segunda fila junto a la ventana. A mi lado había una muchacha, de ese tipo de belleza asiática que te hace celebrar las diferencias raciales. Me puse a adivinar su país de origen y edad: Tailandia, 21 años; Japón, 25; Malasia 19 y así continué divagando en otras combinaciones posibles. Me sentí compelido a cruzar palabras con ella, a entablar ese tipo de conversación ocasional propia de los que ocupan butacas contiguas en un viaje, en cierto modo similar a la de aquellos que hacen cola frente al cajero en un banco o en la sala de espera en un dentista. Siempre me ha parecido que algún tipo de interacción humana es necesario en circunstancias como éstas para mantener el tejido social en condiciones saludables.
El vehículo arrancó, el tráfico era fluido, cosa maravillosa al salir de Nueva York. Yo buscaba el momento propicio para iniciar una simple charla con la muchacha. Ensayaba mentalmente, “qué suerte que no hay mucho tráfico, ¿no?”, “el cielo está despejado, pero han pronosticado lluvia...” Volvía la cabeza distraídamente hacia la izquierda y la veía absorta en los sonidos que se introducían en sus orejas menudas mediante unos audífonos blancos. Sabía que no era el momento.
Ya casi habíamos terminado de recorrer la New Jersey Turnpike y ella seguía conectada a su pequeño aparato electrónico. Estaba a mi lado, pero parecía estar muy distante, en otras esferas a las cuales yo no tenía acceso. Al ver que la comunicación era imposible, decidí olvidarme del asunto y saqué un libro de mi bolsa de tela. Me entregué a la lectura. Al igual que mi compañera de asiento, me sumergí en otro mundo, me subí a otra nube, tomé distancia de lo inmediato.
Hice un avance notable en las páginas de “Crónica de San Gabriel” de Julio Ramón Ribeyro, maravillosa novela. Cuando me cansé de leer traté de establecer contacto nuevamente con la persona que tenía a mi lado, pero esta vez hablaba por teléfono. No pude reconocer su lenguaje, parecía tailandés o vietnamita. Decepcionado decidí dormir un poco y como tengo facilidad para conciliar el sueño, me quedé dormido rápidamente. Al despertar, el deseo de comunicarme con mi vecina había amainado y noté que alternaba su tiempo entre la música y la conversación telefónica. No transcurrió mucho tiempo y el conductor anunció que ya estábamos en Baltimore, que nos detendríamos unos minutos antes de reanudar nuestro viaje a Washington.
En Baltimore se bajó la muchacha y subió un joven que se sentó en el asiento que mi vecina había desocupado. Se desarrolló un breve diálogo entre él y yo. Me dijo que iba a Richmond, que tenía que estar allá a las 8:00, y añadió que si el tráfico no se ponía pesado lograría su cometido. Le respondí que tal como se estaban desarrollando las cosas, llegaríamos a Washington en una hora y que ahí podría hacer una conexión a Richmond. Después de esta breve interacción, él inició una llamada telefónica. Sostuvo una larga conversación en español, hablaba con un amigo, estuvo en el teléfono aproximadamente unos 20 minutos. Yo volví a mi libro y a mirar por la ventana los bosques por los que transcurre la Washington-Baltimore Parkway. Al concluir su conversación telefónica, mi nuevo vecino sacó de su maletín unos audífonos que parecían de estudio, los conectó a su iPhone y se puso a escuchar música durante el resto del trayecto.
Entramos a Washington por la New York Avenue. El sol aún no se ponía, el calor no dejaba de abrasar y la gente caminaba con sopor por las calles. El ómnibus se detuvo y mi vecino, sin desconectarse los audífonos, cargó su maletín, descendió raudo del vehículo y se perdió entre los transeúntes. Yo descendí del ómnibus sin prisa, pensando que no había podido entablar alguna comunicación significativa con las personas a mi alrededor. Una sensación de separación me invadió, me pareció que no obstante contar con la tecnología que nos permiten comunicarnos, estamos más separados que antes. Recordé, no sin cierta nostalgia, que hace poco tiempo atrás era posible establecer un mínimo de conexión con los seres que nos rodeaban, que se podía conversar e, incluso, a veces, hasta hacer amistades. Hoy todos parecen estar muy ocupados, embebidos en algo alejado, y sentimos que si nos aproximamos a ellos los vamos a interrumpir o importunar.
Ahora, a través de nuestros aparatos electrónicos, andamos conectados con quienes habitan otros lugares lejanos, escuchamos voces de quienes no están con nosotros en el momento actual. Estamos físicamente presentes, pero nuestras mentes y sentidos están en otras esferas. Parece que estamos aquí, pero en realidad no lo estamos completamente. Le damos preferencia al allá en desmedro del aquí. Ignoramos a quienes están a nuestro alrededor y honramos con nuestra atención a quiénes se encuentras distantes. Nos perdemos lo que el momento presente nos ofrece. Con el uso constante de esta tecnología digital, nos negamos las posibilidades que el aquí y el ahora nos brindan a cada instante. Creemos estar más en contacto con los demás, pero en realidad estamos más separados de lo que ocurre en nuestro entorno y de quienes están aquí y ahora a nuestro lado.
Escrito en julio de 2010.
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| Published: Jun.08.2010 @ 1:33 pm
| Last edited: Nov.11.2010 @ 11:46 am |
Medicina al paso
La semana pasada estuve de malas, pareció cumplirse aquello de que los males nunca vienen solos. Me atacó un bronquitis aguda y me distendí el tobillo pisando un desnivel en la calzada de un parque. Dicen que ya no hay dinero para reparar las veredas, que esas son nimiedades. Mas para otras cosas, supuestamente importantes, sí lo hay, y en abundancia, por ejemplo para la guerra de Afganistán o para rescatar a los pobrecitos ejecutivos que metieron la pata y la uña en Wall Street.
Pero vayamos a lo que nos llama hoy: la medicina y el trato que los médicos le dan a sus pacientes. Antes de describir los acontecimientos que deseo comentar, debo dejar claro que pertenezco al selecto y privilegiado grupo de personas que cuenta con un seguro de salud en los Estados Unidos.
Inicialmente no le di mucha importancia a la bronquitis, pensé que se iría sola y me concentré en el tobillo adolorido que me impedía caminar con comodidad. Conseguí una consulta de emergencia en mi proveedora de servicios de salud: Kayser Permanente.
El ritual se desarrolla más o menos así: después de la identificación y el pago de derechos de atención y de una breve espera, uno pasa a las manos de una enfermera que le mide la presión, temperatura, pulso, estatura y peso. La enfermera le pregunta a uno el motivo de su visita, toma notas y anuncia “el médico estará con usted en unos minutos”. Si tiene uno suerte, la espera es tolerable, de lo contrario le recomiendo llevar algo para leer o, a las señoras, su tejido.
Llega el médico, se presenta y, como la enfermera ya le sopló el motivo de la visita, procede con preguntas más específicas, inmediatamente se vuelca hacia la pantalla de su computadora y empieza a escribir la receta y a dar las recomendaciones del caso. Respecto a mi tobillo—día 1—el doctor V. Nguyen me dijo que la radiografía indicaba que no había fractura ni dislocación, que se trataba solamente de una distensión. El remedio era inmovilizar el pie con un escarpín especial y descansar. Me dio un sonrisa, se despidió y se retiró raudo. Acto seguido llegó el terapeuta físico, me colocó el escarpín y también se despidió. No hubo tiempo para preguntas ni mucho menos para que se estableciera algún tipo diálogo entre el doctor y yo. Creo que, el tiempo que el médico me dedicó no fue mayor de 3 minutos. Ha pasado una semana de este hecho y por más esfuerzos que hago difícilmente puedo recordar su rostro.
Al día siguiente volví, pero esta vez debido a la bronquitis. El ritual fue similar al descrito líneas arriba: pago, medida de signos vitales y luego la aparición estelar del médico: ahora la doctora A. Huang. Ella fue más generosa conmigo, me regaló 5 minutos. Auscultó mi garganta, fosas nasales, y pulmones con su estetoscopio. Escribió su receta en la computadora y la imprimió. Luego de despedirse amablemente, se retiró con prisa. Daba la impresión que tenía algo más importante que hacer.
Pasada una semana, como los síntomas de la bronquitis persistían, regresé por otra consulta. Me atendió la doctora Y. Kim. Aunque sus recomendaciones fueron acertadas, pienso que, por mucho decir, se quedó conmigo 5 minutos. Mientras hablaba buscaba algo en la computadora y después de copiar y pegar algunos párrafos en el documento de mi visita, lo imprimió, me lo entregó, se despidió y partió rápidamente. Parecía que tenía tareas más significativas y urgentes que atender. Yo me volví a quedar con la sensación de que un médico es un personaje tan especial que no puede perder su tiempo con un paciente y que tiene funciones de un nivel más elevado que cumplir y de mayor prioridad que la salud del individuo que tiene al frente en ese preciso momento.
En cada caso, una vez concluida la consulta pasé por la farmacia de Kayser para proveerme de las pociones mágicas que aliviarían mis males: las medicinas. De regreso a casa, caí en cuenta que aún tenía muchas preguntas sin contestar, dudas y curiosidad sobre la naturaleza de mis afecciones, sobre la frecuencia de ingestión de las medicinas, y sobre la duración del tratamiento, entre otras. Pensando en lo que había experimentado estos días concluí que en ningún caso sentí que había sido tratado como una persona, sino más bien como un objeto que tenía que ser revisado y del cual había que deshacerse lo antes posible. Me sentí como un producto puesto en la faja transportadora que debía pasar por diversas etapas previas al empaquetado y la despacho final. Me sentí parte del proceso característico de la medicina occidental moderna—una medicina concebida más como un negocio que como un servicio social en pro de la comprensión de nuestro cuerpo físico; una medicina que actúa más como un dispensario de recetas y venta de fármacos que como un sistema de prevención y realización de la salud; una medicina que trata al paciente de una manera segmentada y deshumanizada en vez de una medicina holística, humana.
Si bien no hubo tiempo para hacer preguntas sobre la enfermedad, mucho menos lo hubo para sostener para una conversación. No pretendo que el consultorio de un médico se convierta en un café o en un centro de reuniones sociales, pero pienso que debe existir un mínimo de interacción humana entre el médico y el paciente. Uno de ellos—el paciente—está ahí para obtener ayuda en lo más preciado que tiene: su cuerpo, su salud. ¿No es esto un motivo suficiente para que el otro—el médico—le otorgue la atención y el tiempo necesarios a fin de que se establezca la confianza y compenetración que todo tipo de tratamiento médico requiere?
No estoy cuestionando el diagnóstico y el tratamiento que recibí en estos últimos días, los cuales pienso fueron apropiados, sino el trato que recibí, el cual creo se repite en gran parte de las instituciones dedicadas a la salud en este país. En estas ocasiones se repitió el mismo patrón. Parece ser la tendencia de la medicina occidental actual. El negocio de la salud debe ser lo más lucrativo posible, para ello no hay tiempo que perder. El tiempo es oro. Lo demás no interesa. El aspecto emocional, la interacción humana entre el médico y el paciente han dejado de tener relevancia. La relación médico-paciente está marcada por las leyes del llamado mercado, en la cual el médico es un operario al servicio del taller de reparaciones—o el empresario en el caso del consultorio privado—y el enfermo, el paciente, es simplemente un cliente, un consumidor, un objeto. Lo más triste de esto es que Estados Unidos exporta no solamente bienes materiales como automóviles, computadoras o medicinas, sino modelos, ideologías. Y me temo que el resto del mundo, estúpidamente, vaya a imitar o ya esté imitando este modelo de medicina al paso.
¿Qué podemos hacer nosotros, comunes mortales, ante esta realidad?, ¿dejar de ir al médico, morirnos en el intento? Una de las alternativas, a mi entender, es demandar que los médicos les den un trato humano a sus pacientes, los vean como personas, no como objetos; hacer notar este hecho por todos los medios a nuestro alcance. Otra, es informarnos, entender un poco mejor nuestro cuerpo y su funcionamiento; leer, hay abundante información gratis en la Red. Y, finalmente, practicar la medicina preventiva, es decir llevar una vida sana, comer alimentos naturales y hacer ejercicio físico. Simple, ¿verdad? En otras palabras, ser nuestros propios médicos, hasta que el cuerpo agüante.
8 de junio de 2010.
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| Published: Jun.02.2010 @ 6:36 pm
| Last edited: Nov.11.2010 @ 11:47 am |
Estuve en Lima las dos primeras semanas de abril y descubrí, en casa de mi madre, una edición económica pero pulcra de Crónica de San Gabriel*, la primera novela de Julio Ramón Ribeyro. Empecé a hojearla con desconfianza, pues hacía más de 20 años que no leía una novela, y pensé prejuiciosamente que sería otra más dejada de lado. Pero me equivoqué, y me dejé cautivar por el mundo de Ribeyro en los escasos momentos de soledad que tuve durante mi estadía allá y en los pocos momentos en que no estuve rodeado de amigos o familiares.
Hace algunos días me visitó una bronquitis aguda, y tuve que tomar algunas medicinas, líquidos abundantes y descansar sin medida. Fue ésta la ocasión perfecta para retomar su lectura y mantener mi mente ocupada en otros asuntos diferentes del de mi propio cuerpo maltrecho. Que haya podido completar su lectura y que sea la primera novela que leo después de un receso de dos décadas no pueden dejar de ser indicadores de la calidad de esta obra.
Ribeyro escribió este libro a los 26 años en Munich. Es un fresco de la vida de los señores hacendados en la sierra del Perú en los años 40 y 50. No se trata de una novela indigenista, sino de la visión de un limeño de la vida serrana. Ribeyro dice que es un recuerdo de sus vacaciones en una hacienda cuando tenía 15 años, pero añade que es una obra de su imaginación. La historia es simple, sin embargo creo que la grandeza de un escritor no radica en la opulencia de sus tramas, sino en la profundidad de su reflexión a través de sus personajes. Y en esto Ribeyro es un profundo observador de la naturaleza humana. Además, su fina sensibilidad literaria y sus dotes de narrador eximio hacen que lo considere un maestro entre los grandes escritores.
* Julio Ramón Ribeyro, Crónica de San Gabriel, PEISA—Gran Biblioteca Literatura Peruana-El Comercio, Lima,2001.
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| Published: May.27.2010 @ 7:19 pm
| Last edited: Nov.11.2010 @ 11:48 am |
Continúa política anti-inmigrante,
militarizan la frontera
El muro de la vergüenza no es suficiente: Obama acaba de ordenar el despliegue de 1, 200 soldados de la Guardia Nacional en la frontera con México. No bastaron los 6,000 que mandó Bush entre los años 2006 y 2008, Obama—como en otros aspectos— está siguiendo sus pasos. Pero para que no pensemos que el Presidente actúa solo, Harry E. Mitchell, Demócrata Representante por el estado de Arizona, ha propuesto un mínimo de 3,000 contingentes en la frontera.
Obama se ha desenmascarado como anti-inmigrante: ha incrementado la militarización de la frontera. ¿Acaso estamos en guerra con el vecino del sur? Su posición anti-inmigrante es clara. Su mensaje también lo es: los que llegan por esa frontera son indeseables, los enfrentamos con las armas. Sólo se enfrenta con las armas a los enemigos.
En contraste, en la frontera norte no hay muros ni contingentes militares, ¿será porque son blanquitos? El contenido racial de esta medida presidencial es evidente.
Hace unas semanas Obama declaró que la Ley Anti-inmigrante de Arizona requería ser modificada en su lenguaje. Eso significa en su forma, con lo cual tácitamente está aceptando que el fondo de la ley no es cuestionable, sino únicamente su forma. ¿Qué nos está diciendo el Presidente? ¿Que esa ley solo tiene ser pulida en cuanto a su lenguaje? Esto es inaceptable, especialmente que provenga de un hombre cuyo padre fue un inmigrante.
Lo lamentable de todo esto es que estamos solos, los Republicanos—racistas por naturaleza— son desenfadadamente anti-inmigrantes, al igual que los extremistas del Partido del Té, de ellos no podíamos esperar nada. Pero, de los Demócratas, con Obama a la cabeza, esperábamos posturas más progresistas o por lo menos más humanas. Sin embargo, estos no muestran interés alguno en defender a los inmigrantes; es más, el Presidente ha sugerido que en el fondo la Ley de Arizona es aceptable. Y Terry Goddard, Demócrata, fiscal general del estado de Arizona y candidato a gobernador, ha declarado que él apoya la asignación de $500 millones de dólares para la llamada Seguridad Fronteriza y la Guardia Nacional.
El tema de los inmigrantes en Estados Unidos es una cuestión vital de derechos humanos y de racismo, las víctimas esta vez no son los hermanos de raza negra sino los indo-hispano americanos. ¿Quién podrá defendernos?, ¿el Chapulín Colorado?
27 de mayo de 2010
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| Published: Jan.02.2009 @ 6:37 pm
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:48 pm |
Immigration and Racism
This land is your land, this land is my land
This land was made for you and me
— Woody Guthrie
I emigrated to the United States in 1988. Like millions of people over the centuries, I came to this country—and brought my family with me—to find a place in which to fulfill my dreams, develop my potential, become a better person, and make a significant contribution to society. At that time, I was not able to see how much this society was prone to reject the newcomers. On the contrary, I felt welcome, but now, shamefully, I cannot say the same. I can see now that immigrants are not welcome anymore. But, I still have hope that Americans can understand better the current immigration phenomenon—understand it with their minds and hearts —and go back to the fundamentals that made this country a land of opportunities for people of all races, ideas, and educational levels.
Land of immigrants
We have heard that this is a land of immigrants many times; but reality shows us now that immigrants are no longer welcome. The justification for rejecting the new wave of immigrants is that they have been categorized as “illegal”.
Human beings have always migrated, from the beginning of time until the present. English colonists invaded and occupied this part of the continent more than 500 years ago, displacing its inhabitants: the American Indians. Those English settlers were immigrants. Was that immigration legal? Were the pioneers that came in the Mayflower legal? Did they have the permission of the Native Americans to immigrate and occupy their lands? Did they carry any passport? The answer is no. One can say that the Native Americans didn’t have any law. The truth is that they did not have the European judicial system, but they had their own law. Nobody consulted them about coming to their territory occupying it, and making their living here in America. English in the north, as well as Spaniards in the south, did not carry any permission to immigrate into the new world. They just showed up and stayed.
Until some decades ago, any person that came to the US just showed up. Many of the great grand parents, grand parents, and even parents of contemporary Americans just showed up and settled here. They did not ask for permission, nor did they bring legal documents that accredited them as immigrants. They were just immigrants; they just came to this land to improve their lives. They just showed up, they just immigrated. The so called “illegal immigration” is a relatively new social invention; immigration has always existed.
A bit on semantics
When someone steals $100 dollars in clothing from a department store or someone else leaves the country to go to war, we don't call the former “illegal costumer” or the latter “illegal resident”, or both of them “illegal citizens.” We say that they committed a crime, that they did something illegal, but we don’t tag them as “illegal persons.” The same thing happens when someone drives at 70 mph in a 55 speed limit highway; we don't call her or him an “illegal driver.” The implication of labeling the person “illegal” instead of the action drives us to condemn the whole person as undesirable and affects all the deeds that this person might perform. This labeling diminishes the person instead of the behavior. This type of categorization punishes and disqualifies not only the action, but also the entire person indefinitely, no matter how well s/he could perform in other realms of private and public life.
From another viewpoint, when we call someone an “illegal immigrant,” we should be aware that the substantial point is that, in the first place, that person is an immigrant, and secondly that s/he does not count in terms of the proper documentation. As we can see, “immigrant” is the noun and “illegal” is the adjective. This means that the main point here is that the individual is an immigrant—a person—and the subordinate point is that s/he is undocumented. The legality of the immigration status is incidental; it just adds supplementary information to the status. It does not define the person; what does actually define him or her is the term “immigrant.” And an immigrant is a person; a person cannot be illegal. A human being cannot be illegal.
When I read and hear about “illegal immigration” and witness the immense anti-immigrant sentiment that has grown and spread in American society lately, I can’t avoid being astonished by the low level of awareness that people have on this matter. They think that they are talking only about a portion of immigrants—the illegal ones. They think that adding the adjective is enough to reject, segregate, and discriminate against this portion. The truth is that, in essence, they are rejecting and discriminating against immigrants in general and, secondarily, against the undocumented ones. All this is taking place in the so- called land of immigrants.
Some numbers
The studies reveal that the estimated number of immigrants in the US is about 38 million people. The estimated population of undocumented immigrants is about 12 million; 81 percent of these come from Latin America. They are mostly non-whites, of a variety of races, ethnically Hispanic. So, in the end, what Americans are expressing by their merciless obsession with undocumented immigrants is their profound contempt for almost 10 million people of different race, language and culture.
A country with centuries of slavery, racial segregation and discrimination, accustomed to keeping a sector of the population as second class, now has the perfect excuse to continue its racist practices as well as its derogatory treatment of a social group: this time the undocumented immigrants. And the justification for exerting racism is that they are “illegal immigrants.”
It’s the law
In the past, it was illegal for blacks to be seated in a bus, and to educate their children in white schools. It was illegal for a black person to marry a white, as well as to live in certain neighborhoods, and so on. The system justified racism on the basis of legality. In other words, white Americans had a green light to discriminate against blacks openly because it was illegal for blacks to send their children to a white school. When white Americans in the first half of the past century banned black kids from white schools, the black people thought the white people were doing this to them not because they were black, but because it was illegal for blacks to enter into a white school. In other words, making the life of a million human beings miserable was legal. This means that the law can be a perfect reason to practice intolerance without even thinking that one is a racist.
The new target
Nowadays in many counties it is illegal for undocumented immigrants to obtain health services, to register their children in school, to get a driver’s license, to get an ID. Now it is illegal for undocumented newcomers to get a job, some states want to ban undocumented residents from going to college, renting an apartment, and reading a book in a public library. And this trend is rising. America, the land of immigrants wants to suffocate those who, like most of their ancestors, came to this land to improve their lives in this part of the world. Racial hatred has now transferred its target to undocumented immigrants, who are mostly Hispanics. The excuse: they are illegal. History repeats itself: making the life of millions of people miserable is now allowed, fostered, and legal.
This segment of the Hispanic population is now the new target for racist practices and their members are victims of all the consequences and miseries of racial discrimination. Let’s do an exercise of the imagination. Imagine that there is a country, out there, in which a wall is being built along its border in order to impede the access of immigrants. Let’s say that every year, about 500 people die—with the consent of the host country—trying to cross the border to enter in. Let’s suppose that in that country, social services like health, education and legal representation are refused to undocumented immigrants. In addition to this, in that remote country, immigrants cannot open a bank account, get a driver’s license, rent an apartment, and they are discouraged from speaking their own language. Let’s imagine that that country has profited from immigrant labor for generations by paying the lowest wages and salaries to those who are undocumented and cannot find a job. Let’s say too that in that country, undocumented immigrants are incarcerated, cut off and deprived of legal assistance. Let’s add also that this country has militarized its border, and that systematic deportations have broken thousands of families. What would the US say about that country in which the human rights of millions are daily and systematically violated? Probably it would complain to the United Nations about the inhuman treatment those people receive, and demand the authorities of such a country to change their immigration policies for good. The US would probably accuse that country of systematic violation of human rights and impose economic and diplomatic sanctions, right? But this time, that imaginary villain is not out there, it is the US itself. We are behaving in a way that we would criticize if we knew that a foreign country were the perpetrator of these kinds of abuses. Does the old proverb about seeing the feather on another’s eyes but not the stick in one’s own apply here?
A long tradition on racism
There was a time in which racism was focused on North American Indians. Their population was reduced from about 12 million to 237,000 in four centuries (1). They were almost wiped out in a long-term genocide. They were not considered citizens until 1924. There was another time, 1882, in which the Chinese were not allowed to immigrate into the US for many years, and another time, in 1942, when 120,000 Americans of Japanese descent were interned in camps for about 3 years. There was another time when blacks were segregated and deprived of their rights. In the current time there is racial discrimination against Hispanics. Americans have a new target, racism is still alive.
It seems that centuries of racism, since the beginning of the British occupation of North America until the present, were not ended by the laws given under the civil rights movement a few decades ago. On the contrary, it seems that racial discrimination and intolerance are again on the rise. It seems that Americans feel comfortable fighting against Hispanics, because they have disguised them with the costume of a terrible illegal alien, but inside those costumes there are human beings with families, dreams and aspirations who came to this land like the first settlers to make their lives better. It seems that Americans are in their comfort zone when they demand enforcement of the law but, at bottom, they are exerting bigotry against millions of people of a different race, language and culture.
Free flow of commodities
It is amazing to see how our society values things more than people. Everyone agrees that we are living the era of globalization; in these times we cherish free trade of commodities, capital, technology, and information, but not of people. Society and governments have given bold steps toward the exchange of commodities, capital, technology and information but have refrained from giving people the opportunity to move freely and settle around the planet.
Are we being compassionate?
Another paradox is that the US praises itself as a religious country, their leaders call themselves compassionate, and value the importance of family unity; nevertheless, in practice, they show neither religious nor family values. America is not hosting foreigners nor treating them compassionately. On the contrary, it is denying social services, making the life of undocumented immigrants miserable, and following abrupt deportation practices.
Let’s revisit some passages in the Book of Matthew 25:34-40, and see if Americans—mostly Christians— are following what Jesus said about the treatment of foreigners.
“Then [Jesus] will say to those on his right, 'Come, you who are blessed by my Father; take your inheritance, the kingdom prepared for you since the creation of the world. For I was hungry and you gave me something to eat, I was thirsty and you gave me something to drink, I was a stranger and you invited me in, I needed clothes and you clothed me, I was sick and you looked after me, I was in prison and you came to visit me.’
Then the righteous will answer him, 'Lord, when did we see you hungry and feed you, or thirsty and give you something to drink? When did we see you a stranger and invite you in, or needing clothes and clothe you? When did we see you sick or in prison and go to visit you?’
[Jesus] will reply, 'I tell you the truth, whatever you did for one of the least of these brothers of mine, you did for me.’”
It is sad to see how the anti-immigrant sentiment has grown in American society stirred by Republicans during these Bush years. It is sad to see that immigration is an excuse to practice sheer racism against Hispanics, and make their lives miserable. It is sad to see how all the measures that are being taken against immigrants are creating and perpetuating an impoverished population, marginalized, uneducated, and put on the verge of committing crime. Nevertheless, there are still great numbers of people of good will in the US who make me think that there is still hope. Hope that this can be a country that cherishes lawfulness but resists cruelty. Hope that we can feel and sing again like Woody Guthrie: “This land was made for you and me.”
Back to the core values
The United States of America does not welcome immigrants anymore and has become hostile to millions of people that come to this land to better their lives. The justification to unwelcome foreigners is that they are “illegal.” But being undocumented is an anecdotal and secondary aspect of the immigration issue; the essential issue is that the unwelcome are immigrants.
The vast majority of the undocumented immigrants are Hispanic -- an ethnic group formed by various kinds of races. By labeling this ethnic group “illegal,” society has justification for making effective and expressing its racism over that segment of the population. The term “illegal” condemns, margins, and alienates the victim. It is immoral and opposes human rights and the US Constitution.
The rise of the anti-immigrant sentiment in recent years in the US is an expression of a latent racism that had been attenuated in the decades after the civil rights movement, but it has shown itself during the current Republican administration. This racism against the Hispanic ethnic group is being openly expressed, as long as the racists can currently justify their racism by labeling their target “illegal.”
America should go back to the core values stated in its foundation, stop using the term “illegal” to label undocumented immigrants and start over accepting and welcoming immigrants regardless of their race. America should keep in mind that the immigrants’ ultimate goal is to improve their lives. By doing so, Hispanics will be able to improve their education, comply with the law and adopt the American core values. This way, they will integrate fully into this culture and make significant contributions to the country that received them.
October 2007
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| Published: Dec.13.2007 @ 9:57 am
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:49 pm |
Navidad: En búsqueda de un sentido
Un estudiante y amigo mío que vive en Varsovia, me contaba que un compañero de clase de su hijo creía que la Navidad era la fecha en que se celebraba el nacimiento de Papá Noel. Pero esta confusión no es exclusiva de los niños, sino que—de otra manera—también afecta a los adultos. Esta pérdida de perspectiva en cuanto al significado de la Navidad es una marca que caracteriza a la sociedad entera en nuestros días.
Aquel niño ha concluido que en Navidad nació Santa Claus porque este personaje está asociado a la llegada, recibimiento, e intercambio de regalos. Este hecho llena el panorama del mundo infantil, de la familia, y de la colectividad. Entonces, lógicamente, un niño llega a deducir que la celebración tiene que ver en gran medida con el gordo regalón vestido de rojo. Algo que subyace en la aserción de ese niño es la completa omisión de la figura de Cristo en este contexto. En otras palabras: la Navidad se refiere a regalos y a Papá Noel, ergo no tiene nada que ver con otra cosa, no tiene nada que ver con Jesús.
Los regalos
En la actualidad, los regalos constituyen uno de los símbolos centrales de la Navidad, mas no Cristo. Ellos son el centro de la festividad. Son la meta de nuestros afanes durante casi toda la temporada. Corremos tras de ellos de tienda en tienda, hacemos largas colas para comprarlos, gastamos considerable cantidad de dinero y tiempo, y nos endeudamos a veces más de lo aconsejable. Nuestra vida gira en torno a los regalos durante un mes entero.
Los defensores de esta enajenación dirán que el regalo simboliza el amor que sentimos por nuestros seres queridos y que al dárselos le estamos expresando nuestro amor. Pero yo creo que hemos perdido la real perspectiva del asunto. En Navidad nació Jesús, y ese debiera ser el asunto central de la fiesta. ¿Por qué necesitamos llenar de regalos a la gente en esa fecha para expresar lo mucho que la amamos? En Navidad no nacieron los miembros de la familia,¿por qué hacerle regalos a ellos entonces?, ¿por qué no se los hacemos a Cristo, en último caso?
Está de moda escuchar en tiempos recientes sobre el estrés que producen estas fiestas. Es que la Navidad genera una vorágine casi incontrolable de consumismo. Creemos que la mejor manera de expresar amor es a través de regalos—cuanto más caros, mayor el cariño. Curiosamente, muchas veces no es suficiente con uno, sino que es necesario más. Parece funcionar la lógica de "a mayor cantidad de presentes, más grande es mi amor". Por supuesto que esto termina por generar ansiedad, pues es difícil saber cuánto es suficiente y cuándo debemos parar. Si tan sólo le hiciéramos un presente a las personas que más queremos, ¿no sería suficiente, y evitaríamos así el estrés de esta temporada? Pero no, nos pasamos gran parte del mes de diciembre haciendo las benditas compras navideñas—algunos previsores empiezan en noviembre y otros aún antes. Me pregunto si esta época de alienación no es otra cosa más que un pretexto para comprar más y saciar nuestros apetitos consumistas. Creemos que al reunirnos en familia y al hacerles regalos a nuestros seres queridos minimizamos nuestras faltas, creemos que así expresamos y ponemos en práctica el mensaje de Cristo.
Los grandes beneficiados
Creo adivinar que los más agradecidos por el nacimiento de Jesús son los comerciantes. Ellos son, inobjetablemente, los que más se han beneficiados del misterio de "Dios hecho hombre". En Navidad, llegan a vender tanto como lo que venden el resto del año. He oído decir que muchas empresas y corporaciones serían inmensamente ricas con sólo el lucro obtenido durante el mes de diciembre. Sus ganancias son pingües. Imagino que ellos deben ser los más cristianos, los más devotos, y los más arduos defensores de los dogmas de su credo.
Si Cristo viera toda la fanfarria que su nacimiento ha generado. Si nos encontrara llenos de bolsas en las tiendas y centros comerciales invocando su nombre, estoy seguro que nos echaría a latigazos, tal como expulsó a los mercaderes que habían convertido el templo en un mercado.
Quién se acuerda de Jesús
¿Quién se acuerda de Jesús en Navidad?, ¿quién en la cena del 24 o en almuerzo del 25, recita alguna de sus parábolas?, ¿quién menciona que fue escupido, crucificado y muerto por perdonar a la adúltera y a otros pecadores?, ¿quién recuerda que fue él quien se rebeló contra la ley del "ojo por ojo, diente por diente" y preconizó en su reemplazo: "Si te dan una bofetada, pon la otra mejilla"?
Quisiéramos una fiesta centrada en el mensaje de amor que este palestino nos trajo hace más de dos mil años. No una hipócrita fachada en la que le deseamos paz, amor y prosperidad a todo el mundo, pero apoyamos las guerras, justificamos la discriminación racial y el desprecio por el inmigrante. Quisiéramos una fiesta que resalte el mensaje cristiano de solidaridad y compasión con los más débiles y necesitados. No queremos una fingida declaración de buenas intenciones, mientras en los hechos les negamos aumento de salario a los mineros y a los maestros, y sonreímos despectivamente cuando las empleadas domésticas reclaman 8 horas de trabajo, vacaciones y seguro de salud. Queremos que haya congruencia entre el mensaje de amor y paz que creemos haber asumido y nuestra práctica diaria a nivel personal, familiar, comunal, y global.
Nuestra sociedad lo ha separado todo. Los domingos nos acordamos de Dios, llenamos las iglesias, damos nuestro óbolo y rezamos, pero el lunes y el resto de la semana continuamos odiando y discriminando. En diciembre nos llenamos de buenos deseos de amor y paz para con nuestros semejantes, pero en enero y el resto del año seguimos apoyando los bombardeos y las matanzas de quienes se oponen a nuestras invasiones y ocupaciones.
En realidad sucede que estamos separando, por un lado, el mensaje de Jesús, y por otro, nuestra práctica cotidiana. Más nos interesa hacer las compras de Navidad que involucrarnos en una acción concreta que tenga alguna incidencia en el cambio para mejor, ya sea de nuestra situación personal, familiar o social. El torrente de compras en que caemos presos en esta época es una manera más de mantener nuestra mente ocupada, distraída, alejada de los asuntos esenciales de la existencia y de nuestra sociedad. Creemos que es suficiente ser compasivo con los miembros de nuestra familia, pero no con los que son diferentes a nosotros. Creemos que es suficiente con mandar tarjetas de Navidad a los familiares y amigos, pero es aceptable ignorar las necesidades de los inmigrantes y de los pobres, así como despreciar las vidas de los que viven a miles de kilómetros de nuestra sala y profesan doctrinas distintas a las nuestras. Reconstituyamos lo que ha sido separado. Hagamos que los depositarios de nuestras buenas intenciones—tanto en deseos como en hechos—sean todos los miembros de nuestra familia, comunidad, y del planeta, sin reparar en su raza, estatus legal, clase social, nivel educativo y creencias. Pongamos en práctica algo que dijo aquel hombre cuyo nacimiento conmemoramos en estas fechas: "ama a tus enemigos, si eres amable solamente con tus amigos, ¿cuál es el mérito?" El problema, como decía la Madre Teresa de Calcuta, es que nuestro concepto de familia es muy limitado. En realidad nuestra familia es la especie humana. Hagamos objeto de nuestro amor a todos los seres humanos sin excepción.
El mejor regalo
Hace poco leí en la sección infantil del Washington Post un artículo sobre lo que podemos hacer en esta época del año. Está dirigido a los niños, pero me parece también apropiado para los adultos, pues somos nosotros quienes enseñamos a los pequeños con nuestros actos.
Los mejores regalos que uno puede hacer son de dos tipos, primero: ofrecer nuestro talento, tiempo y presencia; y, segundo, compartir nuestras destrezas y conocimientos.
Algunos ejemplos van a continuación. Del primer tipo: si tocas algún instrumento musical, prepara un pequeño concierto para la fiesta de Navidad en tu centro de trabajo. Si destacas en la fotografía, regálale una de tus originales a alguien que aprecies, o toma algunas especiales para la ocasión y obséquialas. Del segundo tipo: El tiempo y nuestra presencia son recursos altamente valorados; por consiguiente puedes hacer algún tipo de trabajo voluntario en alguna entidad de servicio a la comunidad, ya sea por ejemplo un centro de ayuda a los trabajadores indocumentados, u otro que asista a los desamparados en servirles la cena. Si eres bueno con las computadoras o el Internet, ayúdale a alguien—especialmente a los mayores—en desarrollar sus destrezas en estos campos. Si sobresales en algún deporte, ofrécele tus servicios como entrenador o preparador físico al equipo infantil del barrio.
Hay infinitas maneras de regalar algo de nosotros como muestra de nuestro cariño. No es necesario aglomerarse en los centros comerciales y gastar nuestros centavos duramente ganados.

Las 4 velas
Las cuatro velas
Una actividad interesante y significativa para realizar en Navidad es la que voy a proponer aquí. La aprendí en un evento religioso al que asistí con mi familia la noche del 24 hace algunos años. Se trata de una ceremonia que puede ser realizada en el hogar durante la Nochebuena. Es muy simple, pero plena de significado. En un recinto apropiado de la casa, se prepara una especie de altar. Al centro del cual vamos a colocar cuatro velas, cada una va asociada a un tema: la esperanza, la alegría, la paz, y el amor. Cada miembro de la familia escoge una vela, la enciende, la pone al centro del altar, y dice algunas palabras alusivas al tema que le tocó y lo que significa para él este concepto. No se trata de hacer un discurso, sino de compartir una sincera y sentida reflexión.
En búsqueda de un sentido
Para concluir, ¿cuál es la propuesta a todo esto? La vuelta a las fuentes y la simpleza. Tener presente que en Navidad se celebra el nacimiento de aquel hombre que hizo del amor y perdón su doctrina y su práctica. Ese hombre que hizo lo que predicó, que inclusive perdonó a quienes lo torturaron y mataron como al peor de los delincuentes.
Mi invocación es que nos dejemos de hipocresías, que hagamos congruentes nuestros deseos de paz, amor y prosperidad con nuestras acciones, que nuestras buenas intenciones no se circunscriban a nuestro estrecho círculo social y familiar y realmente se extiendan de una manera efectiva al resto la comunidad y al resto del mundo. Mi pedido apunta a que seamos compasivos y nos solidaricemos con los desposeídos e indocumentados, con los que sufren persecución y tienen hambre y sed de justicia, con las minorías, con los que son diferentes a nosotros. Mi llamado es a que tratemos de que los buenos deseos que expresamos en las tarjetas de Navidad no se queden plasmados en el papel, y que hagamos el esfuerzo necesario para que se materialicen en acciones concretas a favor de la paz, el amor, y la prosperidad durante todo el año.
Dar de uno mismo es el mejor regalo, ofrecer nuestro tiempo, nuestra presencia, y compartir nuestros conocimientos y habilidades entre los miembros de la familia o la comunidad, es más valioso que el más caro de los regalos. Evitemos caer en el torrente de consumismo que devora a la sociedad entera en esta época del año. Mantengamos nuestro centro, preguntémonos cuál es sentido último de la Navidad. No caigamos en la trampa del "compre y lleve". Recordemos que en Navidad no nació Papá Noel, sino el que predicó amor y fue asesinado por eso.
¡Feliz Navidad!
Diciembre 2007 |
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| Published: Oct.11.2007 @ 3:24 pm
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:49 pm |
Los tres dones
Mi amiga Mary Ann Buckley tiene una buena costumbre: después de leer un libro, ver una buena película, o realizar un viaje, escribe un documento en donde registra sus pensamientos y comenta lo recientemente experimentado. Por otro lado, Stephen Covey, en su libro El octavo hábito, les pide a sus lectores que, al finalizar cada capítulo, hagan un alto en la lectura y enseñen lo aprendido como una manera efectiva de afianzar y aplicar lo leído. Para emular a Mary Ann y seguir las recomendaciones de Covey, he preparado el presente artículo.
Estoy convencido que cuando uno enseña es cuando más aprende. También creo que una forma de enseñar puede ser escribir, por tanto, voy a escribir ahora acerca de lo que he encontrado en el libro de Covey: sobre los dones que la vida nos ofrece. Y lo hago fundamentalmente como una manera de internalizar las ideas vertidas en uno de los primeros capítulos del libro mencionado, y de poner en práctica los principios que vamos a comentar en estas líneas.
Los dones
Este artículo versa sobre los dones, esas capacidades notables con que la vida nos ha dotado. Al ser conscientes de ellos y al usarlos oportuna y apropiadamente, podemos darle un significado trascendente a nuestra vida. Al incorporarlos proactivamente en nuestro diario quehacer, podemos transformar positivamente nuestra vida, así como aportar algo valioso a nuestros semejantes y a la sociedad.
Los regalos que la vida, la naturaleza, o Dios—según sean nuestras creencias—nos ha dado, y de los cuales vamos a hablar, son los siguientes: 1) La libertad de elegir, 2) Los principios, y 3) Las inteligencias.
Libertad de elegir
Principios Inteligencias
Fig. 1. Los tres dones
La libertad de elegir
El modelo estímulo-respuesta es simple. Veamos; ante un estímulo cualquiera hay una respuesta por parte nuestra, pero entre ambos hay un espacio—o brecha—en el cual decidimos el tipo de respuesta a optar.
Voy a presentarles un ejemplo, pero antes, permítanme aclarar que los casos que presento en este artículo son experiencias personales. Estas han sido seleccionadas, no como un ejercicio de exaltación de mi ego, sino como un intento de concordancia entre lo que predico y practico. En otras palabras, pretendo escribir y preconizar solamente sobre aquello que realmente he sido capaz de aplicar a mi vida personal. La especulación teórica está fuera del ámbito de mi interés. He aquí un ejemplo: En Craigslist encontré un aviso de un músico que quería formar un trío para cantar música romántica; me interesó la idea y concerté una cita con el gestor del proyecto: Nelson. Quedamos en encontrarnos en el estacionamiento del metro de King Street, a las 2 p.m. Llegué dentro del rango de tiempo permisible, a las 2:05. Mientras estacionaba mi coche, alcancé a ver que Nelson recogía a otro músico interesado que también debía reunirse con nosotros en ese lugar. Pero grande fue mi sorpresa y decepción al ver que ambos se alejaban sin esperarme. Yo no tenía la dirección donde íbamos a reunirnos posteriormente. Los perdí de vista rápidamente. Me llené de frustración y rabia. Regresé a casa enojado, cogí el teléfono y llamé a Nelson. No contestó; le dejé un mensaje en el que le contaba toda la historia del frustrado encuentro y lo que había visto. En un tono resentido y crítico le dejé grabado lo siguiente: "está bien que no me hayas esperado, pues más vale conocer a una persona pronto que tarde", luego añadí, "por tu desdén en esperarme me he dado cuenta de qué clase de gente eres". Eso sonó feo, ¿verdad?
Posteriormente, intuí que yo había obrado mal, me sentí turbado. Después pensé: quizás hice deducciones indebidas, o quizás él tuvo alguna razón para no esperarme. ¿Qué había hecho?, ¿por qué sentía tanta insatisfacción después de dejarle el mensaje? Trataré de explicarlo a la luz del modelo estímulo-respuesta.

Fig. 2. Modelo Estímulo-respuesta
En este caso hubo un estímulo, Nelson no me esperó. Yo me sentí dejado de lado. Hubo una respuesta mía, me ofusqué y le dejé un mensaje un tanto agresivo. Entre el estímulo y la respuesta se dio un espacio de oportunidad para que yo pudiera escoger una respuesta, una oportunidad que desaproveché. Fue ahí donde yo no estuve en control y me dejé llevar por una emoción negativa; alcé el teléfono y lancé mi ataque. Pero pude haber optado por una respuesta diferente, más comprensiva y sana.
En ese espacio es donde reside la libertad de elegir, y donde podemos decidir qué tipo de respuesta es la que vamos a dar, si actuaremos con sabiduría o si nos dejaremos llevar por las emociones provocadas por el estímulo. Podemos elegir nuestra respuesta porque, como seres humanos, tenemos la libertad y el poder para hacerlo. La libertad de elegir determina la calidad de nuestra respuesta y la tiñe con un tono positivo o negativo, según la dirección en que nosotros decidamos responder. Observemos cualquier situación en nuestra vida y tratemos de determinar esa brecha en la cual nosotros siempre tenemos el poder de decidir nuestra respuesta. Es posible hacer que ese espacio sea más grande, más pequeño o inexistente. Es una cuestión de voluntad. Pero lo primero es tomar conciencia de la existencia de ese espacio y, segundo, tratar de expandirlo a fin de responder de una manera sicológicamente sana y basada en principios.
La existencia de este espacio en el cual ejercemos nuestra libertad de elegir, es lo único que puede salvarnos de la creencia que ante todo estímulo solamente hay una respuesta. La existencia de la libertad de elegir nos libera del fatalismo, le resta poder al estímulo, permite que dejemos de culpar a los demás por nuestros actos y traslada la responsabilidad hacia nosotros. En ese espacio entre estímulo y respuesta, somos nosotros—y no otros—quienes decidimos, salimos de la situación de víctima, y trascendemos los determinismos genéticos y culturales que son parte de nuestro ser. Estos últimos influyen pero no determinan. Somos nosotros los que decidimos. Este espacio, en que ejercemos nuestra libertad, es el lugar en el que reside nuestra ulterior satisfacción.
Los principios
Por el don de la libertad, elegimos nuestra respuesta ante un estímulo dado. Esta elección tiene que ser tomada con sabiduría, pero ¿de qué sabiduría estamos hablando, en base a qué vamos a responder a los estímulos? En primer lugar debemos recordar que cada acción tiene una consecuencia, es una ley inexorable. Por consiguiente nuestra decisión sobre cómo actuar debe hacerse en concordancia con ciertos principios, señala Covey. Estos son conceptos universales y permanentes que forman parte de la naturaleza humana. Son intrínsecos a nuestro ser, indiscutibles y evidentes. Además son comunes a todos los seres humanos, e independientes de la cultura y geografía. Estos principios son: la justicia, la honestidad, la verdad, y el respeto. También podemos continuar mencionando la integridad, la armonía, la compasión, el servicio a los demás, y la contribución a la sociedad. Es la intuición, o inteligencia espiritual, la que nos permite reconocer si estamos caminando por el camino correcto, es decir si nuestras acciones se encuentran enmarcadas dentro de principios. Estos, según Covey, están siempre presentes en la vida social y operan constantemente, como las leyes de la naturaleza, como la ley de la gravedad por ejemplo.
Permítanme contarles un caso. Hace poco asistí a un evento en el cual tenía que compartir la habitación con dos personas más. Teníamos que estar listos a las 6 de la mañana para la primera actividad del día. Obviamente, esto suponía que debíamos levantarnos antes. Uno de los miembros del grupo, Rick, decidió la hora: las 5 y 15. Yo le pedí que pusiera el despertador a las 5 y media para poder pasar un poco más de tiempo horizontal. Rick a su vez consultó con Ken, quien se manifestó neutral. Rick usó esa neutralidad a su favor y mantuvo la hora que inicialmente había propuesto; Ken asintió. Yo no insistí en mi pedido, pero empecé a sentir rabia contra Rick por haber hecho caso omiso a mi pedido. Cuando menos me di cuenta, yo ya había acumulado una cantidad de cólera suficiente como para sentirme completamente infeliz y ser incapaz de conciliar el sueño. Empecé a pensar cosas horribles de mi compañero de cuarto y desearle la peor de las suertes. Fue cuando una luz interior iluminó mi entendimiento, súbitamente recordé el modelo estímulo-respuesta y decidí aplicarlo para salir de aquel pequeño infierno emocional en que me había sumido. Analicé los acontecimientos. Vi claramente el estímulo: la negativa de Rick a poner el despertador a la hora que yo consideraba apropiada; la respuesta: una irritación galopante en mi interior, la pérdida de mi tranquilidad, y el profundo sentimiento de separación e infelicidad que había crecido dentro de mí. Entonces vislumbré la brecha y decidí modificar mi respuesta emocional en base a un par de principios: la armonía y la compasión. La armonía que debiera reinar en este grupo de 3 personas que por varios días debíamos compartir una habitación. La compasión por mi compañero Rick, que, probablemente no tenía nada personal contra mí y solamente pensaba que era una buena idea levantarse 45 minutos antes de comenzar con las actividades. Luego de decidir modificar mi respuesta para bien, me di cuenta que la compasión que buscaba se orientaba fundamentalmente hacia mi persona, pues no era sabio sufrir como un infeliz ni albergar odio en mi corazón. Descubrí que el mayor beneficiario de la compasión era yo mismo. En ese momento yo ya estaba situado en la brecha en la cual somos libres para decidir nuestra reacción. Percibí con claridad que yo podía elegir entre llenarme de ira y poner a Rick en mi lista negra y sufrir, o liberarme del sufrimiento y ver a Rick, y a mí mismo, nuevamente con ojos compasivos. La decisión estaba tomada, decidí liberarme de la rabia y sentir paz. Pero, la liberación presupone un reconocimiento y una aceptación del sentimiento. Para ello, puse ese sentimiento maligno, que me estaba corroyendo, dentro de un globo y lo dejé ir hacia el espacio infinito; y lo dejé alejarse hasta que se hizo pequeñito y desapareció de mi vista. Al finalizar el ejercicio, yo estaba nuevamente en paz, libre de sentimientos negativos, y así fui capaz conciliar el sueño.
La mañana siguiente el despertador sonó a la hora fijada, mis compañeros se levantaron raudos, yo me quedé en la cama hasta las 5 y media. Luego me levanté, me aseé y me vestí, pero tuve que agitarme para poder estar listo a las 6:00. Luego me di cuenta que habría sido más sensato levantarme 15 minutos antes y haber contado con cierta holgura al alistarme. Comprobé que mis compañeros tenían razón, las 5 y cuarto era la hora apropiada para levantarse. Cabe además agregar que durante los días subsiguientes los tres tuvimos la oportunidad de entablar cordiales y fructíferas conversaciones. Al término del evento, Rick, Ken y yo éramos ya buenos amigos. Es pues en el espacio entre el estímulo y respuesta donde reside nuestra satisfacción con nuestros actos.
Las inteligencias
El tercer don es múltiple y está conformado por las inteligencias. Cuando hablamos de inteligencia pensamos en la habilidad intelectual para analizar, hacer abstracciones, usar el lenguaje, y comprender. Sin embargo, estas caracterizaciones obedecen exclusivamente a la esfera del intelecto. Estas constituyen solamente un aspecto de la inteligencia, la cual podríamos llamar inteligencia mental. Pero la inteligencia es algo más que eso. Daniel Goleman habla de la inteligencia emocional como la capacidad de conocerse a sí mismo, de adaptarse a un medio socio-cultural y de relacionarse y comunicarse con las personas de una manera exitosa. Este tipo de inteligencia es en muchos casos mucho más importante y útil que la primera. Los especialistas señalan que la inteligencia emocional determina, en mayor medida que la mental, el éxito en los ámbitos de las relaciones humanas, las comunicaciones y el liderazgo.
Fig. 3. Las 4 inteligencias/capacidades
Además de estos dos tipos de inteligencia, tenemos la física y la espiritual. La inteligencia física es la capacidad que tiene nuestro cuerpo para funcionar coordinada y armónicamente—aun mientras dormimos—y para curarse a sí mismo. Es importante ser conciente de esta maravillosa capacidad, la cual muchas veces damos por descontada.
Covey se refiere a la inteligencia espiritual como la fuente y el origen de las otras tres. Aquella alrededor de la cual giran las demás. Es más, según él, la inteligencia espiritual es la que guía y dirige las otras tres.
Desarrollo de las 4 capacidades
La buena nueva de todo esto radica en que estas capacidades no son estáticas y en la posibilidad de desarrollarlas. Como es fácil advertir, las 4 inteligencias tienen áreas comunes, una y otras se traslapan. Por ejemplo, si hacemos ejercicio físico, nuestro tono muscular mejora y nuestro cuerpo, en general, se va a hacer más flexible, fuerte, saludable y va a funcionar mejor. Lo cual va a influir en nuestro estado emocional y mental, vamos a funcionar de una manera más armoniosa con nuestro entorno social, y vamos a ser capaces de pensar de una manera más clara.
Nuestro destino es evolucionar, para eso estamos sobre este planeta. Nuestra tarea, por consiguiente, es desarrollar las cuatro aspectos de nuestro ser: físico, mental, social, y espiritual.
Lo ideal es trabajar conjuntamente en el desarrollo de las 4 inteligencias. Para ello podemos valernos de algunos ejercicios propuestos por Covey, los cuales he modificado ligeramente. Trace un plan en cada una de estas dimensiones y dé los pasos necesarios para hacer cambios efectivos. Si piensa que es demasiado trabajar simultáneamente en las cuatro dimensiones, empiece por identificar algunas de ellas y dedíquese a su desarrollo. He aquí los ejercicios:
1. Para la inteligencia física—suponga que usted ha tenido un ataque al corazón; ahora viva de acuerdo con esta realidad.
2. Para la inteligencia mental— suponga que solamente le quedan cuatro años de vida útil en su profesión; ahora viva de acuerdo con esta realidad.
3. Para la inteligencia emocional— suponga que todo lo que usted diga sobre otras personas, puede ser escuchado por ellas; ahora viva de acuerdo con esta realidad.
4. Para la inteligencia espiritual— suponga que usted tiene una reunión mensual con su Dios; ahora viva de acuerdo con esta realidad.
Los esfuerzos por desarrollar estas capacidades, si bien es cierto van a redundar en nuestro beneficio personal, no son vanos ejercicios egoístas, pues debemos entender que cuanto mejores personas seamos, más beneficios podremos aportar a la sociedad y los demás. Cuanto mejores individuos seamos, nuestro impacto y capacidad de influir en otros serán mayores. Cuanto más desarrollemos estas capacidades estaremos en mejores condiciones de inspirar a nuestros semejantes en encontrar su verdadero camino.
Podemos crear un mundo nuevo
Contamos con todo lo necesario para hacer de nuestra vida lo que siempre hemos soñado; contamos con las inteligencias o capacidades; tenemos los principios que forman parte intrínseca de nuestra naturaleza; y contamos con la libertad de elegir lo que queremos hacer de nosotros y de nuestra vida.
Hemos recibido estos dones como parte de nuestra naturaleza. Es necesario ser consciente de ellos, aplicarnos en nuestra vida y desarrollarlos. Al hacer uso efectivo de estos dones podemos ser más felices, sabios, y, por consiguiente, aportar algo mejor a la comunidad en la que estamos inmersos. Al crecer como personas podemos convertirnos en fuente de inspiración para otros y ayudar a los demás en la búsqueda de propia voz. Premunidos de las inteligencias, basados en los principios, y entrenados en el uso juicioso de la libertad de elegir, podemos crear un mundo nuevo y más pleno para nosotros, y, como consecuencia, para los que nos rodean.
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| Published: Aug.21.2007 @ 3:23 pm
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:50 pm |
Thay
Aquí daré cuenta brevemente de la figura de Thich Nhat Hanh y de la impresión que ha causado en mí.
Hace escasamente un año supe de él. Leí tres de sus libros y me quedé fascinado por la manera simple y directa, profunda y poética con que expone los principios y las ideas del budismo. En febrero de este año me enteré que venía a Estados Unidos a dar un retiro en el mes de agosto. Sin dudarlo me inscribí de inmediato. No podía perderme la oportunidad.
Thay—como lo llaman sus amigos y seguidores—suele organizar un retiro de verano por estos lares cada año. Esta vez el retiro tuvo lugar en Stonehill College en Easton, Massachusetts, a 22 millas al sur de Boston. Stonehill es una pequeño college que ocupa un área de 375 acres. Sus edificios poseen el característico estilo arquitectónico de la Nueva Inglaterra, que en medio de amplios y bien cuidados jardines llenos de árboles, arbustos y flores hacen de Stonehill un pequeño paraíso.
En este retiro se congregaron por una semana aproximadamente unas 1200 personas que llegaron de distintos lugares del mundo. Había entre los concurrentes niños, jóvenes y adultos, monjes y laicos, todos unidos por un objetivo común: la búsqueda y puesta en práctica de la conciencia plena y de la armonía en sus vidas diarias.
Thich Nhat Hanh, agosto de 2007
Thay apareció un lunes a las 10 de la mañana en el centro del estrado. Cuando alcé la vista, él ya estaba sentado con las piernas cruzadas, quieto. Después de unos instantes de completo silencio, en un auditorio que albergaba a la totalidad de los asistentes, sonó la campana. Cuando la última vibración audible del metal se desvaneció, Thay empezó a hablar: “Buenos días amigos” fueron sus primera palabras. Su voz denota que ha vivido ya 82 años, sin embargo es clara y suficientemente potente. Su ritmo es pausado y parece que piensa bien las palabras que elige. Hace pausas frecuentes y eso le da mucha fuerza a su mensaje. Generalmente emplea figuras alusivas a la naturaleza para ilustrar sus ideas; figuras tales como la nube, la ola, la flor, entre otras. Su enseñanza es simple, clara, directa y contundente. Sus frases son cortas y por ende efectivas. No se complica en elucubraciones intelectuales, no se va por las ramas. El siempre enfatiza en no dejarse atrapar por las palabras y en la necesidad de trascender sobre ellas. También promueve el no dejarse atrapar por los conceptos—aun por los que él enseña—y la necesidad de trascenderlos e internalizarlos por medio de la perspicacia y la intuición.
Lo que más llama la atención es su calma, siempre está tranquilo, aún cuando camina. Parece estar presente constantemente, parece estar despierto. Yo logro alcanzar intermitentemente momentos de conciencia plena en los cuales estoy presente en el aquí y el ahora, pero tengo la impresión de que Thay está ahí permanentemente, que está presente siempre; eso es lo que define a un iluminado. Otra característica de su presencia es que su rostro está relajado y la sonrisa está ahí a flor de piel, cuando no visible, lista para manifestarse con facilidad e irradiar luz. Todo esto se puede ver, se puede sentir.
Siempre he pensado que un buen maestro es aquel que presenta los temas—incluso los más complejos—de una manera comprensible, coherente, y completa. Un buen maestro es aquel capaz de transformar en fácil lo difícil. Y en esto también Thay sobresale. Al tocar temas complejos que constituyen aspectos fundamentales del pensamiento y filosofía budistas, tales como la impermanencia, el vacío, el inter-ser, la iluminación, y el nirvana, entre otros , él se vale de técnicas expositivas que hacen que estos asuntos puedan ser seguidos y entendidos por la mayoría. Finalmente otro ingrediente de su personalidad es su perspicaz y fino sentido del humor, con el cual tiñe e intercala su discurso en los momentos precisos de una manera que hace reír y sonreír de buena gana a su audiencia.
Me considero muy afortunado por haber tenido la oportunidad de haberlo visto, escuchado, y de haber sentido su presencia. Pocas veces en la vida tenemos la ocasión de estar cerca de un hombre que representa la posibilidad humana de alcanzar armonía, sabiduría, y paz. Pocas veces estamos frente a un hombre que practica lo que predica y que irradia su doctrina, no solamente con su palabra sino también con su presencia física y espiritual. Pocas veces tenemos la gracia de nutrirnos directamente de la presencia y mensaje de un maestro que es un ejemplo viviente de alguien que ha desarrollado paz interior y alegría, y que al mismo tiempo es consciente de la coyuntura social de nuestros tiempos y de nuestras dificultades y preocupaciones. Sin duda alguna, Thich Nhat Hanh es un iluminado, un guía espiritual de nuestros días, y una fuente de inspiración y esperanza en estos tiempos de insensatez y confusión.
Agosto de 2007
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| Published: Feb.16.2007 @ 1:20 pm
| Last edited: Jun.17.2010 @ 5:50 pm |
Caro diario
Conócete a ti mismo; conoce tus fortalezas y
debilidades; tu relación con el universo;
tus potencialidades; tu herencia espiritual;
tus objetivos y propósitos; haz un inventario
de ti mismo.
—Sócrates
¿Quién no ha escrito alguna vez un diario aunque sea por una temporada, o por lo menos lo ha intentado? ¿Quién no ha puesto por escrito pensamientos o acontecimientos de importancia ocurridos y ha experimentado al hacerlo una sensación de claridad y objetividad respecto de sí mismo y de los hechos acontecidos?
Escribir un diario parece ser algo muy elemental, simple, o propio de adolescentes románticas, pero puede ser algo muy complejo y profundo cuyos linderos se ubican en la esfera del auto—conocimiento, la introspección más descarnada, y la contemplación acuciosa de los procesos mentales. En efecto, mantener un diario puede convertirse en un hábito esencial en el proceso de discernimiento de nuestra evolución como seres humanos.
De cuaderno de bitácora a diario de navegación
He llevado diarios en varias ocasiones. Una de las más recientes fue en Trujillo, Perú, entre 1994 y 1997. En mis cuadernos de hojas sin rayas ni cuadrícula, mantuve un diario en el que anotaba reflexiones íntimas sobre mi vida, observaciones y apreciaciones sobre la intensa vida social que por razones profesionales llevaba en esa época. Podría decir que ese diario era una radiografía de la sociedad y cultura trujillanas en la cual me hallaba inmerso.
Posteriormente cuando me mudé a Estados Unidos por segunda vez en el 98, empecé otro diario, pero esta vez cambié los cuadernos Loro de pasta amarilla y azul por los archivos de computadora. Fue una experiencia interesante porque podía escribir con mayor rapidez y no requería de un espacio físico para almacenar los cuadernos que iba acumulando al estilo del amanuense. Pero todo tiene sus riesgos, partes de aquel diario se perdieron en alguna caída del sistema operativo; cosas de la nueva tecnología, dicen.
En ambos casos la duración de aquellos diarios fue efímera, nunca más un año de manera continuada. Aunque siempre anoté pensamientos y reflexiones sobre aspectos que concernían a mi vida interior, profesional, y el devenir de la sociedad, nunca antes el acto de escribir y la manera de relacionarme con el diario habían sido tan intensos como en estos últimos meses.
En agosto del año pasado empecé a anotar en un cuadernito rayado en espiral de pasta azul, “National Brand”, mis actividades diarias. En cada página anotaba de manera sucinta lo que tenía que hacer. Registraba cosas como: “pagar cuenta de teléfono”, “cita con el dentista a las 4:00”, “llevar ropa a la lavandería”, “llamar a Melisa y Pablo” (mis hijos), “cocinar”, “pasar la aspiradora”, “escribir informe del proyecto”, “contestar carta de Cecilia”, “reunión de personal, 2:00”, “ir al supermercado”, etc. El cuadernito era como una agenda, pero era yo quien diseñaba el formato. Obviamente, esto no es lo que constituye un diario personal. Pero, a finales de octubre pasado empecé a anotar pensamientos que condensaban lo más saltante del día o aquello que consideraba de importancia más allá de los asuntos de supervivencia diaria. Así fue como poco a poco fui escribiendo cada vez más reflexiones y menos listas de cosas por hacer. La cotidianidad le fue cediendo lugar a la trascendencia. Así, al llegar noviembre, yo ya no tenía una lista de mandados sino un diario de crecimiento personal. Desde entonces, con la excepción de un par de días, no he dejado de escribir. Lo que al comienzo era un cuaderno de bitácora, se convirtió en un diario de navegación.

Del Diario del Alf. Juan Pérez, 1774
Archivo General de Indias, Sevilla
Hay una diferencia entre ambos, ¿verdad? En el diario de navegación, el capitán de la embarcación anota no solamente la información física que reside en el cuaderno de bitácora tales como el nivel de las aguas, el estado de la marea, el rumbo, y los datos meteorológicos, sino también las vicisitudes que ocurren durante el viaje, las averías que sufre la embarcación y el estado del casco, máquinas y aparejos. Además de hacer constar los datos de navegación, anota también el clima emocional que se da entre los tripulantes, las medidas disciplinarias y las decisiones de peso que afectan la travesía. De igual manera, algunos navegantes de la vida anotamos datos concretos de nuestra particular navegación, las averías que sufrimos y las peripecias que experimentamos en nuestro itinerario; registramos también los momentos felices, nuestras relaciones con los demás compañeros de viaje, y todo aquello que afecte nuestro periplo por esta existencia humana. Probablemente nunca tengamos ocasión de revisar nuestro diario de navegación, pero haber llegado a buen puerto será una señal clara que valió la pena haberlo escrito.
Reencuentro
Pero, ¿por qué todo esto es tan importante para mí y por qué estoy compartiendo con ustedes este aspecto tan personal de mi vida? Antes de responder esta pregunta debo mencionar lo que entiendo por un diario. Un diario es un elemento físico, el cuaderno o archivo de computador, un espacio, y un tiempo en el cual el individuo registra lo que considera de importancia para él. Es una herramienta con la que uno realiza un acto de introspección y de conciencia del momento presente, y, en soledad, se reúne consigo mismo para reflexionar sobre el transcurso del día. Esta reflexión se da en términos no solamente de acontecimientos en relación al mundo exterior, sino principalmente de lo acaecido internamente. Aquí el diarista contempla los procesos mentales y sentimientos que han sido relevantes en la jornada, y los relaciona con los asuntos que son el centro de su proceso existencial. De esta manera, quien escribe puede percibir de una manera más objetiva lo que está pasando en su psiquis, puede adquirir un nuevo punto de vista, y tomar cierta distancia de los hechos e incluso de sí mismo. Todo esto con el objetivo de conocerse mejor a sí mismo y entender mejor lo que está pasando en su vida.
Aventura, juego, y viaje
Permítanme explicarles cómo veo las cosas para que entiendan un poco mejor las motivaciones que me han llevado a mantener un diario. Estoy en un momento de mi vida en que he decidido tomar el toro por las astas, (¿una vez más?). Quiero decir que he tomado la determinación de crecer y llegar a ser—como dice Matthew Kelly—la mejor versión de mí mismo. Esto significa que tengo que valerme de cualquier herramienta a mi alcance para lograr mis objetivos, una de ellas es el diario.
Para mí, la vida se ha convertido en una emocionante aventura por acercarme al verdadero ser que soy—o que pretendo ser. Trato de enfrentarme a todos los trucos que ofrece la mente para desviarnos de los asuntos centrales de la existencia. Busco derrotar toda clase de distracciones que ofrece el mundo y la sociedad y que nos alejan de lo esencial. Me esfuerzo por aniquilar a ese idiota con ínfulas de todopoderoso y centro del universo que es el ego y que solamente acarrea sufrimiento.
Vivimos en una cultura que promueve la distracción permanente, que se esmera por mantenernos distraídos, alejados de nuestro centro, inconscientes. Una cosa es distraerse y otra llevar las riendas de su propia felicidad. Al distraernos, otros conducen nuestra conciencia y atención; al buscar la felicidad, nosotros somos los conductores. A fin de ajustarme mejor a los principios que me mueven, diría que no se trata de distraerse, sino de ser feliz, de vivir plenamente, y de disfrutar lo bueno del hecho de estar vivo. En otras palabras, se trata de mantener una actitud lúdica aun en los asuntos más complejos y profundos. Dicho esto último, podría afirmar ahora que la vida, además de una aventura, es un juego en el que se trata de trascender las limitaciones que el ego y la sociedad nos imponen. Un juego en el que se trata de alcanzar la verdadera libertad, ese estado mental en el cual nos alzamos por encima de la envidia y el rencor, de la ansiedad y la avaricia, del odio y la ira. La verdadera libertad es un estado en el cual nos liberamos del miedo, del sufrimiento y del apego a los objetos—tanto materiales como mentales. La vida entonces podemos considerarla un juego en el cual buscamos ser realmente libres. Un juego en el que ganamos si alcanzamos el estado de despierto, aquel a que se refieren Jesús, Buda, Gurdieff, Krishnamurti, entre otros.
La vida semeja también la idea de un viaje, desde el nacimiento hasta el momento de la muerte. Un viaje durante el cual tratamos de llegar a ese puerto llamado auto—conocimiento y a esa tierra prometida llamada paz interior, y por consiguiente merece ser registrado. Un viaje en el que se trata de develar todos los velos, de quitarnos todas las máscaras, enfrentarnos a nuestro lado oscuro y encender una lámpara de luz. En este proceso, que se asemeja a una aventura, un juego y un viaje, andamos como Diógenes, linterna en la mano, buscando al hombre real. Mas no lo buscamos allá afuera en la calle, sino internamente; buscamos a aquel que habita dentro de nosotros mismos y a quien no conocemos enteramente. Buscamos crecer. Confieso que a veces me siento como un niño dentro del cuerpo de un adulto, cuando no un adolescente con rasgos y facciones de viejo; por consiguiente, para mí, todavía es válido hablar de la necesidad de seguir creciendo. Aun cuando cada vez nos estemos haciendo más viejos y estemos un poco más cerca de la muerte, aquello de crecer sigue teniendo vigencia. Sócrates solía decir que la vida es una constante y larga preparación para un último momento: el de la muerte.
Para darse cuenta
Dado este marco, ahora estoy en condiciones de lanzar algunas ideas acerca de la utilidad de mantener un diario, con la esperanza de que algunos de mis queridos lectores hagan la prueba y lo intenten también. Escribir un diario me ha permitido entrar en contacto permanente con mis fibras más profundas, identificar y encarar mis imperfecciones de una manera franca y decidida. También me ha permitido asumir una posición reflexiva aguda y constante sobre el proceso de mi vida y tomar acción para reparar con determinación mis áreas débiles. En otras palabras, mantener un diario me ha llevado a establecer un diálogo abierto y realista conmigo mismo con la finalidad de encontrar una solución a cuanta dificultad y desasosiego apareciese en mi vida. He logrado el alivio de quien saca al exterior un secreto y comparte los sentimientos, emociones y pensamientos que permanecían reprimidos. El diario se ha convertido en un confidente e interlocutor fiel y comprensivo, pero al mismo tiempo crítico. Adicionalmente, mantener un diario me ha hecho más consciente de la activa efervescencia de mi vida espiritual y me está ayudando a crecer y evolucionar integralmente en esta fascinante aventura de la vida.

Un espacio y un tiempo de encuentro y comunión consigo mismo
Solo, frente a la verdad
Al sentarnos a escribir nos encontramos frente a nuestra realidad despojada de todo tipo de adornos o accesorios: no necesitamos fingir, impresionar a nadie, ni aparentar lo que no somos. Ahí estamos solos frente al papel en blanco, frente a nosotros mismos, sin máscaras, ni maquillaje. No es necesario mentir, ni exagerar, ni alardear; estamos desnudos frente a la verdad de nuestra existencia tal como es. También nos damos cuenta que lo importante, más que el resultado en sí, es el proceso. Generalmente no vuelvo a leer lo que escribo, pero sé que lo más importante es la vivencia del momento. En estos breves períodos de contemplación sucede como una epifanía, como que ciertas cuestiones se aclaran bajo el influjo de nueva luz derivada de la introspección solitaria; ocurre un darse cuenta, cierta iluminación.
Al poner en blanco y negro nuestros pensamientos, sobreviene algo mágico, bajamos el ritmo apurado de la vida cotidiana con todas sus vicisitudes y preocupaciones, desaceleramos la máquina, y sintonizamos con otra frecuencia, con la de la vida, con la del cosmos. Entonces somos capaces de hurgar con mayor comodidad por los vericuetos y profundidades de nuestra alma, sin prisa ni ruido exterior. Al escribir entramos en otra onda, tomamos distancia de los hechos acontecidos e incluso de nosotros mismos y alcanzamos a vernos con mayor objetividad. Nos ubicamos en una torre de observación que nos permite adquirir un nuevo punto de vista y logramos una visión más de conjunto. Ocurre un cierto desprendimiento de nuestros apegos y obsesiones, entendemos mejor las cosas. Al escribir dejamos de lado en cierta medida las emociones negativas que pueden haber estado interfiriendo con el cabal entendimiento de la cuestión.
Trato de escribir todos los días, generalmente lo hago antes de acostarme y de leer mi libro de turno. Anoto lo que más me impresionó durante el día, o algún pensamiento que haya andado rondando por mi cabeza. Hago como un balance del día y registro—sobre todo—sentimientos, actitudes y respuestas de comportamiento adoptados, a la vez que trato que darme cuenta por qué han ocurrido así y cuál ha sido mi responsabilidad. Trato de recordarme quién soy, dónde estoy, y cuál es mi propósito en la vida. Estos tres últimos aspectos me ayudan a centrarme, a asumir una respuesta compasiva—pero clara—ante lo acontecido, y a extraer un aprendizaje con la esperanza de poder aplicarlo en una situación futura. Por supuesto que no solamente anoto cuestiones trascendentes sino que también escribo sobre cuestiones sencillas de la vida cotidiana, cuestiones ligeras pero que son importantes para mí. Escribir el diario es como hacer un alto en el camino parar tomar impulso, reconocer logros, y seguir adelante con la sensación de que avanzamos.
Aunque soy un fanático de las computadoras, ahora último prefiero usar un cuaderno para este menester, esto me permite apaciguar un poco la prisa del día, así me siento en una dimensión más humana y menos dependiente de la celeridad de una máquina. De esta manera también alcanzo una cadencia más pausada, más sincronizada con la de la vida, y más congruente con lo que deseo—que es adquirir la calma necesaria para reflexionar de una forma más contemplativa.
Puerto
Tengo que agregar que me siento muy feliz y afortunado de poder contar con esta simple pero poderosa herramienta de crecimiento personal, que no dudo en recomendar; pues de un tiempo a esta parte, me he dado cuenta que mantener un diario es una magnífica manera de estar en contacto con lo más interno de nuestro ser y de lidiar con nuestras imperfecciones a fin de superarlas. Escribir un diario es un estupendo hábito que nos lleva a buscar asiduamente un segmento de tiempo sagrado en el que nos recogemos en reflexión y hacemos una evaluación personal de nuestra actuación en el mundo durante el día; un hábito en el que nos hacemos las preguntas difíciles y contrastamos nuestro accionar con el propósito que nos mueve en este mundo; un hábito en el que discurrimos si durante la jornada nuestra actitud y quehacer fueron los necesarios y suficientes para convertirnos en la mejor persona que deseamos ser.
Arlington, Virginia, febrero de 2007.
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